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La de Bringas

Pero un día vio en casa de Sobrino Hermanos una manteleta... ¡quépieza, qué
manzana de Eva! La pasión del coleccionista en presencia deun ejemplar raro, el
entusiasmo del cazador a la vista de una brava ycorpulenta res no nos dan idea de esta
formidable querencia del trapo enciertas mujeres. A Rosalía se le iban los ojos tras la
soberbia prenda,cuando el amable dependiente del comercio enseñaba un surtido de
ellas,amontonándolas sobre el mostrador como si fueran sacos vacíos. Preguntócon
timidez el precio y no se atrevió a regatearla. La enormidad delcoste la aterraba casi
tanto como la seducía lo espléndido de la pieza,en la cual el terciopelo, el paño y la
brillante cordonería secombinaban peregrinamente. En su casa no pudo apartar de la
imaginación,todo aquel día y toda la noche, la dichosa manteleta, y de tal
modoarrebataba su sangre el ardor del deseo, que temió un ataquillo deerisipela si no
lo saciaba. Volvió con Milagros a tiendas al díasiguiente, con ánimo de no entrar en la
de Sobrino, donde lagran tentación estaba; pero el Demonio arregló las cosas para
quefueran, y he aquí que aparecen otra vez sobre el mostrador las cajasblancas,
aquellas arcas de satinado cartón donde se archivan los sueñosde las damas. El
dependiente las sacaba una por una, formando negrapila. La preferida apareció con su
forma elegante y su lujosapasamanería, en la cual las centellicas negras del abalorio,
temblandoentre felpas, confirmaban todo lo que los poetas han dicho del manto dela
noche. Rosalía hubo de sentir frío en el pecho, ardor en las sienes,y en sus hombros
los nervios le sugirieron tan al vivo la sensación delcontacto y peso de la manteleta,
que creyó llevarla ya puesta.
—¡Cómprela usted... por Dios!—dijo Milagros a su amiga de un modo
taninsinuante que los dependientes y el mismo Sobrino no pudieron menos deapoyar
un concepto tan juicioso. ¿Por qué ha de privarse de una prendaque le cae tan bien?
Y cuando los tenderos se alejaron un poco en dirección a otro grupo
deparroquianas, la marquesa siguió catequizando a su amiga con estesusurro:
—No se prive usted de comprarla si le gusta... y en verdad, es muybarata... Basta
que venga usted conmigo para que no tenga necesidad depagarla ahora. Yo tengo aquí
mucho crédito. No le pasarán austed la cuenta hasta dentro de algunos meses, a la
entrada del verano,y quizás a fin de año.
La idea del largo plazo hizo titubear a Rosalía, inclinando todo suespíritu del lado
de la compra... La verdad, mil setecientos reales noeran suma exorbitante para ella, y
fácil le sería reunirlos, si laprendera le vendía algunas cosas que ya no quería ponerse;
si ademáseconomizaba, escatimando con paciencia y tesón el gasto diario de lacasa.
Lo peor era que Bringas no había de autorizar un gasto tanconsiderable en cosa que
no era de necesidad absoluta.
Otras veces había hecho ella misma sus polkas y manteletas, pidiendoprestada una
para modelo. Comprando los avíos en la subida de SantaCruz, empalmando pedazos,
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