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La de Bringas

hirvieranmiembros humanos de muchos colores, retorciéndose a la acción delcalor...
Su mamá y su papá volvieron a aparecer... ¡Vaya, que ibanhermosotes! Pero mucho
más bonito estaría su papá cuando se hiciesecaballero del Santo Sepulcro. El Rey
tenía empeño en ello, y le habíaprometido regalarle el uniforme con todos los
accesorios de espada,espuelas y demás. ¡Qué guapín estaría su papá con su casaca
blanca, todablanca!... Al llegar aquí, la pobre niña sentía empapado enteramente suser
en una idea de blancura; al propio tiempo una obstrucción horriblela embarazaba, cual
si las cosas que reproducía su cerebro, muñecos yPalacio, estuvieran contenidas
dentro de su estómago chiquito. Conangustiosas convulsiones lo arrojaba todo fuera y
se contenía eldelirar, y ¡sentía un alivio...! Su mamá había saltado del lecho
paraacudir a socorrerla. Isabelita oía claramente, ya despierta, la cariñosavoz que le
decía: «Ya pasó, alma mía; eso no es nada».
IX
La belleza de Milagros no había llegado aún al ocaso en que se nosaparece en la
triste historia de su yerno por los años de 75 a 78; perose alejaba ya bastante del
meridiano de la vida. El procedimiento derestauración que empleaba con rara
habilidad no se denunciaba aún a símismo, como esos revocos deslucidos por las
malas condiciones deledificio a que se aplican. La defendían del tiempo su ingenio,
suelegancia, su refinado gusto en artes de vestimenta y la simpatía quesabía inspirar a
cuantos no la trataban de cerca.
Todas estas cualidades subyugaban por igual el espíritu de RosalíaBringas; pero la
que descollaba entre ellas como la más tiránica era elexquisito gusto en materia de
trapos y modas. Este don de su amiga erapara la Bringas como un sol resplandeciente
al cual no se podía mirarcara a cara sin deslumbrarse. Porque en tal estimación tenía
laautoridad de la marquesa en estos tratados, que no se atrevía a teneropinión que no
fuera un reflejo de las augustas verdadesproclamadas por ella. Todas las dudas sobre
un color o forma de vestidoquedaban cortadas con una palabra de Milagros. Lo que
esta decía era yacuerpo jurídico para toda cuestión que ocurriera después, y como no
sólolegislaba sino que autorizaba su doctrina con el buen ejemplo,vistiéndose de una
manera intachable, la de Bringas, que en esta épocade nuestra historia se había
apasionado grandemente por los vestidos,elevó a Milagros en su alma un verdadero
altar. La viuda de GarcíaGrande cautivaba a Rosalía con su prestigio de figura
histórica.Respetábala esta como a los dioses de una religión muerta; mas aMilagros la
tenía en el predicamento de los dogmas vivos y de los diosesen ejercicio. Nadie en el
mundo, ni aun Bringas, tenía sobre la Pipaónascendiente tan grande como Milagros.
Aquella mujer, autoritaria y algodescortés con los iguales e inferiores, se volvía
tímida en presencia desu ídolo, que era también su maestro.
Los regalitos de Agustín Caballero y la cesión de todas las galas quehabía
comprado para su boda, despertaron en Rosalía aquella pasión delvestir. Su antigua
 
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