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La de Bringas

Las graciosas pollas, en cuya tierna edad tanto valor tenían loespiritual e
imaginativo, no comprendían estas razones prácticas de laexperimentada doña
Cándida, y todo lo encontraban propio, bonito yadecuado a la doble majestad de la
Religión y del Trono...
Isabelita Bringas era una niña raquítica, débil, espiritada, y seobservaban en ella
predisposiciones epilépticas. Su sueño era muy amenudo turbado por angustiosas
pesadillas, seguidas de vómito yconvulsiones, y a veces, faltando este síntoma, el
precoz mal semanifestaba de un modo más alarmante. Se ponía como lela y tardaba
muchoen comprender las cosas, perdiendo completamente la vivacidad infantil.No se
la podía regañar, y en el colegio la maestra tenía orden de noimponerle ningún castigo
ni exigir de ella aplicación y trabajo. Sidurante el día presenciaba algo que excitase su
sensibilidad o secontaban delante de ella casos lastimosos, por la noche lo
reproducíatodo en su agitado sueño. Esto se agravaba cuando por exceso en
lascomidas o por malas condiciones de esta, el trabajo digestivo delestómago de la
pobre niña era superior a sus escasas fuerzas. Aqueljueves doña Tula dio de comer
espléndidamente a sus amiguitas. La niñade Bringas se atracó de un plato de leche,
que le gustaba mucho; perobien caro lo pagó la pobre, pues no hacía un cuarto de hora
que se habíaacostado, cuando fue acometida de fiebre y delirio, y empezó a ver
ysentir entre horribles disparates todos los incidentes, personas y cosasde aquel día
tan bullicioso en que se había divertido tanto. Repetía losjuegos por la terraza; veía a
las chicas todas, enormementedesfiguradas, y a Cándida como una gran pastora negra
que guardaba elrebaño; asistía nuevamente a la ceremonia de la comida de los
pobres,asomada por un hueco de la claraboya, y las figuras del techose animaban,
sacando fuera sus manazas para asustar a los curiosos...Después oyó tocar la marcha
real. ¿Era que la Reina subía a la terraza?No; aparecían por la puerta de la escalera de
Damas su mamá, asida albrazo de Pez, y su papá dando el suyo a la marquesa de
Tellería. ¡Quéguapas venían arrastrando aquellas colas que sin duda tenían más de
unalegua!... Y ellos, ¡qué bien empaquetados y qué tiesos!... Venían adescansar y
tomar un refrigerio en casa de doña Tula, para acompañar mástarde a la Señora y a
toda la Corte en la visita de Sagrarios... Portodas las puertas de la parte alta de Palacio
aparecían libreas varias,mucho trapo azul y rojo, mucho galón de oro y plata,
infinitostricornios... Delirando más, veía la ciudad resplandeciente y esmaltadade mil
colorines. Seguramente era una ciudad de muñecas; ¡pero quémuñecas!... Por diversos
lados salían blancas pelucas, y ninguna puertase abría en los huecos del piso segundo,
sin dar paso a una bonitafigura de cera, estopa o porcelana; y todas corrían por los
pasadizosgritando: «ya es la hora...». En las escaleras se cruzaban galones quesubían
con galones que bajaban... Todos los muñecos tenían prisa. A estese le olvidaba una
cosa, a aquel otra, una hebilla, una pluma, uncordón. Unos llamaban a sus mujeres
para que les alcanzasen algo, ytodos repetían: «¡la hora...!». Después se
arremolinaban abajo, en laescalera principal. En el patio, los alabarderos se
revolvíancon los cocheros y lacayos, y era como una gran cazuela en que
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