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La de Bringas

Si los hijos de aquella señora eran idiotas, raquíticos y feos comodemonios, en
cambio su hermana Milagros había dado al mundo cuatroángeles marcados desde su
edad tierna con el sello de la hermosura, lagracia y la discreción. Aquel Leopoldito
tan travieso y mono; aquelGustavito tan precoz, tan sabidillo y sentado; aquel Luisito
tanmístico, que parecía un aprendiz de santo, y principalmente aquellaMaría, de ojos
verdes y perfil helénico, Venus extraída de las ruinas deGrecia, soberana escultura
viva, ¿a qué madre no envanecerían? Doña Tulaadoraba a sus sobrinos. Eran para ella
hijos que no le habían causadoningún dolor; hijos de otra para las molestias y suyos
para las gracias.A María, que por entonces cumpliera quince años, la adoraba con
pasiónde abuela, o sea dos veces madre, y la tenía un tanto consentida ymimosa. Iba
la hermosa niña los domingos y jueves a pasar condoña Tula todo el día; también
solía ir los martes y los viernes, y aveces los lunes y sábados. Los días de fiesta
reuníanse allí variasamiguitas de la generala, entre ellas las niñas de D. Buenaventura
deLantigua, y una prima de estas, hija del célebre jurisconsulto D. Juande Lantigua, la
cual, si no estoy equivocado, se llamaba Gloria.
¡María Santísima!, ¡lo que parecía aquella terraza! Había ninfas detraje alto que
muy pronto iba a descender hasta el suelo, y otras devestido bajo que dos semanas
antes había sido alto. Las que acababan derecibir la investidura de mujeres se
paseaban en grupos, cogidas delbrazo, haciendo ensayos de formalidad y de
conversación sosegada ydiscreta. Las más pequeñas corrían, enseñando hasta media
pierna, y noes aventurado decir que Isabelita Bringas y la sobrina de doña
Cándidaeran las que más alborotaban. Cuando por aquellas galerías
conseguíadeslizarse con furtivo atrevimiento algún novio agridulce, algúnpollanco
pretendiente, de bastoncito, corbata de color, hongo claro, ytal vez pitillo en boquilla
de ámbar... ¡ay Dios mío!, ¿quién podríacontar las risas, los escondites, las sosadas, el
juego inocente, latontería deliciosa de aquellas frescas almas que acababan de abrir
suscorolas al sol de la vida? Las breves cláusulas que ligeras se cruzabaneran, por un
lado, lo más insulso del perfeccionado lenguaje social,y por otro el ingenuo balbucir
de las sociedades primitivas. Entodos estos casos se repite incesantemente el principio
del mundo, estoes, los pruritos de la Creación, el querer ser.
La juguetona bandada de mujeres a medio formar invadía el domicilio deBringas.
Rosalía, gozosa de tratarse con doña Tula, con los Tellerías,con los Lantiguas,
recibíalas con los brazos abiertos, y las obsequiabacon dulces, que se hacía traer
previamente de la repostería de Palacio.«Jueguen, enreden, griten y alboroten, que a
mí no me incomodan»—lesdecía Bringas festivamente desde el hueco de la ventana,
donde estabasumergido en el piélago inmenso de sus pelos. Y ellas no se hacían
derogar; abrían el piano; una de ellas aporreaba una polka o wals, ylas otras,
abrazándose en parejas, bailaban, volteaban alegres, riendo,chillando y besándose.
«Bailen, corran; la casa es de ustedes, niñas queridas»—decía Thierssin apartar la
vista de los átomos que pegaba sobre el vidrio; y ellaslo tomaban tan al pie de la letra
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