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La de Bringas

salvas. La fama devaliente que gozaba debió fundarse en que era muy bruto. En el
desordende nuestras ideas fácilmente convertimos en héroes a los que apenassaben
escribir su nombre. Lo cierto es que D. Pedro Minio,marqués de Santa Bárbara, era
persona imponente en una parada, o pasandorevista de inspección en los cuarteles, o
dando militares gritos en lasvarias Direcciones que desempeñó. Salvo algunas
escaramuzas sinimportancia en que tomó parte durante la primera guerra, civil,
lahistoria militar de nuestro país no le dijo nunca «esta boca es mía».Pero pasará a la
posteridad por los célebres dichos de la espada deDemóstenes, la tela de Pentecostés
y el alma de Garibaldi, poraquello de ir a la Habana haciendo escala en Filipinas, con
otrascosillas que, coleccionadas por sus subalternos, forman un deliciosocentón de
disparates. La Reina los sabía de corrido y los contaba conmucha sal. Pero no
revolvamos las cenizas de esta nulidad, de quien lacondesa decía, en el más escondido
pliegue de la confianza, que era unabestia condecorada, y ocupémonos de su viuda.
VII
Era en todo tan distinta de la marquesa de Tellería que no parecíanhijas de la misma
madre. Tampoco tenía semejanza, ni en la condición nien la figura, con su célebre
hermano Alejandro Sánchez Botín,hombre de grandes arbitrios. Las raras prendas de
que estaba adornadaparece que tenían su complemento en otra forma de la distinción
humana,la desgracia, privilegio de los seres que se avecinan a lo perfecto. Losdos
hijos que heredaron el nombre, la rudeza y los solecismos delgeneral eran dos buenas
alhajas. Lo que pasó aquella madre mártir parahacerles seguir la carrera de Caballería
no es para contado. Fueroncinco o seis años de cruel lucha con la barbarie y
desaplicación de losmuchachos, de un pugilato fatigoso con los profesores; y gracias
alnombre que llevaban y a las cartitas que escribía en cada curso laReina, salieron
adelante. Ya eran oficiales y estaban colocados, cuandouna nueva serie de disgustos
amargaba la existencia de doña Tula. Nopasaba mes sin que uno de sus pimpollos
hiciera alguna barbaridad.Cuestiones, desafíos, borracheras, sumarias, timbas,
trampas, eran lahistoria de todos los días, y la mamá tenía que poner remedio a ello
conlas recomendaciones y con los desembolsos. Llegó a sentirse tanfatigada, que
cuando el mayor, que también se llamaba Pedro Minio, lemanifestó el deseo de irse a
Cuba, no tuvo fuerzas para contrariarle. Elotro se quería casar con una mujer de malos
antecedentes. Nueva batallade la madre, que empleó, para evitarlo, cuantos recursos le
permitían suconocimiento del mundo y su alta posición. Esta señora dijo unafrase que
se quedó grabada en la mente de cuantos la oímos, gritoabsurdo y dolorido del
egoísmo contra la maternidad, y que si no fuerauna paradoja, sería blasfemia contra la
Naturaleza y la especie humana.Hablaban de hijos y de las madres que deseaban
tenerlos, así como de lasque los tenían en excesivo número. «¡Ah, los hijos!—dijo
doña Tula contristísimo acento—. Son una enfermedad de nueve meses y
unaconvalecencia de toda la vida».
 
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