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viudaabandonara su choza provisional. Cuando la encontramos Pez y yo, ytuvimos el
honor de que nos guiara a la morada de Bringas, ya llevabanmás de un año de
abandono y podredumbre las famosas tablas de Rafael, elcuadro de Tristán y las otras
mil preciosidades que por milagro de Diosno estaban en los museos.
Era Cándida una de las más constantes visitas de los Bringas. Rosalíasentía hacia
ella respetuoso afecto y la oía siempre con sumisión,conceptuándola como gran
autoridad en materias sociales y en toda suertede elegancias. A los ojos de la señora
de Thiers, el brillantísimopasado de Cándida había dejado, al borrarse del tiempo,
resplandores deprestigio y nobleza en torno al busto romano y al tieso empaque de
lailustre viuda. Esta aureola fascinaba a Rosalía, quien,extremando su respeto a las
majestades caídas, aparentaba, tomar enserio aquello de mi administrador, mis
casas... Se expresaba Cándidaen todas las ocasiones con un desparpajo y una
seguridad y un bocaabajo todo el mundo que no daban lugar a réplica. Vivía en el ala
deOriente, el barrio más humilde de lo que hemos convenido en llamarciudad; pero
ningún otro vecino de esta hacía más visitas ni estaba mástiempo fuera de su
domicilio. Todo el santo día lo pasaba de casa encasa, llamando a distintas puertas,
visitando, charlando, recorriendotodas las partes del coloso desde las cocinas a los
palomares; y por lasnoches, sin haber salido a la calle, llegaba a su choza provisional
tanrendida como si hubiera corrido medio Madrid. No tenía más familia queuna
sobrinita llamada Irene, de unos nueve o diez años, huérfana de unhermano de García
Grande que había sido caballerizo de S. M. Esta era lainseparable amiguita de la niña
de Bringas, y por las tardes se lasveía, muñeca en mano y merienda en boca, jugando
en la terraza o en laspartes más claras de aquellas luengas calles cubiertas.
La persona de más viso de cuantas allí vivían, y que en concepto deRosalía ocupaba
el lugar inmediatamente inferior al de la familia real,era la vivida del general Minio,
camarera mayor de Su Majestad, personadistinguidísima y sin tacha por cualquier
lado que se lamirase. En la ciudad llamábanla todos por el cariñoso y popular
nombrede doña Tula; pero Rosalía jamás le apeaba el título, y todo era:«condesa esto,
condesa lo otro y lo de más allá». Esta bondadosa ynoble señora era hermana de la
condesa de Tellería y de AlejandroSánchez Botín, que ha sido diputado tantas veces y
ha figurado ya enmedia docena de partidos. Los Sánchez Botín son de buena familia,
creoque de un alcurniado solar del Bierzo, y tienen parentesco, aunqueremoto, con la
familia de Aransis. En un mismo día se casaron las doshermanas, Milagros con el
marqués de Tellería, y Gertrudis, que era lamayor, con el coronel Minio, que
rápidamente ascendió a general, ganandobatallas cortesanas en las antecámaras
palatinas. No había día decumpleaños de Reyes o Príncipes en que él no pescara una
cruz o grado.Cuando ya no le podían dar nada superior, en orden de milicia, a los
dosentorchados, me le agraciaron con el título de conde de Santa Bárbara(de una finca
que tenía en Navarra), nombre que por tener ciertoolorcillo de pólvora, cuadraba bien
a su oficio, aunque se decía de élque nunca había olido más que la que gastamos en

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