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La de Bringas

—¿Pero tú crees, tonta, que van a quedar Lugares Santos? Todos seránlugares
pecadores. Verás la que se arma: guillotinas, sangre, ateísmo,desvergüenza, y por fin,
vendrán las naciones... no te creas, ya puedeque estén viniendo... en socorro de la
Reina; vendrán las naciones y serepartirán nuestra pobre España.
Casi le da al buen señor un ataque apoplético el día 29 cuando se supoen Madrid lo
de Alcolea. Madrid se pronunciaba también. Llevó la noticiaPaquito, que había
pasado por la Puerta del Sol y visto mucha gente...Un general arengaba a la
muchedumbre, y otro se quitaba las hombrerasdel uniforme. Después de esto, la gente
corría por las calles con másseñales de júbilo que de pánico. Grupos diversos
recorrían las callesdando vivas a la Revolución, a la Marina, al Ejército, y diciendo
queIsabel II no era ya Reina. Algunos llevaban banderas con diferenteslemas y otros
quitaban las reales coronas de las tiendas. Todoesto lo contó Paquito de Asís a su
papá, atenuando lo que le parecía quehabía de serle desagradable. El pobre chico tenía
que disimular, porquesi bien su entendimiento se amoldaba a las ideas de su padre,
era niño yno podía sustraerse a la fascinación que la libertad ejerce sobre todoespíritu
despierto que empieza a enredar con los juguetes del saberhistórico y social.
Contando aquellas cosas en tono de duelo yconsternación, un gozo extraño,
incomprensible, le retozaba por todo elcuerpo. No acertaba a comprender la causa de
ello; pero era sin duda quesu alma no había podido precaverse contra el alborozo
expansivo de lacapital, y lo había respirado como los pulmones respiran el aire en
quelos demás viven.
«Ya no hay remedio—dijo Bringas, sacando fuerzas de su extremadoabatimiento—.
Ahora preparémonos. Que sea lo que Dios quiera.Resignación. Las turbas no tardarán
en invadir esta casa parasaquearla... No perdonarán a nadie. Mostrémonos dignos,
aceptemos elmartirio...».
Se le atravesaba algo en la garganta... Callaron todos, atendiendo a losruidos que en
los pasillos de la ciudad sonaban y en el patio. Granzozobra reinaba en toda la casa.
Los vecinos salían a las puertas asaber noticias y a comunicarse sus impresiones.
Bajaban algunos,ansiosos de saber si ocurrían novedades; pero en el patiohabía gran
silencio, y aunque las puertas permanecían abiertas, noentraba bicho viviente. Cuando
menos se la esperaba, entró Cándidaturbadísima, diciendo entre ahogados gemidos:
«Ya... ya...».
—¿Qué, señora, qué hay?
—El saqueo... ¡Ay D. Francisco de mi alma!... Por la calle de Lepantohemos visto
bajar las turbas. ¡Pero qué fachas, qué rostrospatibularios, qué barbas sin peinar, qué
manos puercas!... Nada, queahora nos degüellan.
—Pero la guardia de Palacio... los alabarderos...
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