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La de Bringas

tantos y tan varios, que noacertaré a reproducirlos. Hacía propósito de no volver a
pescar alimañasde tan poca sustancia, y se figuraba estar tendiendo sus redes en
maresanchos y batidos, por cuyas aguas cruzaran gallardos tiburones,
pompososballenatos y pejes de verdadero fuste. Su mente soñadora la llevaba alos
días del próximo invierno, en los cuales pensaba inaugurar unacampaña social tan
entretenida como fructífera. Esquivando el trato dePeces, Tellerías y gente de poco
más o menos, buscaría más sólidos yeficaces apoyos en los Fúcares, los Trujillo, los
Cimarra y otrasfamilias de la aristocracia positiva.
XLIX
Era el acabamiento del mundo... D. Francisco oyó, gimiendo, que tambiénse
pronunciaban Béjar, Santoña, Santander y otras plazas. El señor dePez, con una
crueldad sin ejemplo, dijo a su amigo que nopensara en que tal derrumbamiento se
podía componer, pues la Reinaestaba perdida y no tenía más remedio que meterse en
Francia... ¡Bienhabía dicho él, bien había anunciado, bien había pronosticado
yvaticinado lo que estaba pasando!
Cándida, por el contrario, traía buenas noticias... «Novaliches sale conun ejército
atroz, pero muy atroz... Verá usted cómo los desbarata en undecir Jesús... Cuentan
que en algunos pueblos de Andalucía han rechazadoa los rebeldes... Aquí hay mucha
gente que quiere alarmar, y pinta lascosas con colores demasiado vivos. Yo he oído
que no es tanto como sedice».
Bringas le dio un abrazo. «¿Y el titulado Prim dónde está?»—preguntó.
—Oí que le habían dado un tiro... Y si no, se lo darán más tarde... Yosostengo que
si la Reina tuviera ánimo para venirse acá y presentarse, yechar una arenga, diciendo:
todos sois mis hijos, se arreglaría estofácilmente.
Lo mismo pensaba Bringas; pero él hubiera preferido que resucitaraNarváez, cosa
un poco difícil. «¡Oh!, si D. Ramón viviera... Pues comoesto no se resuelva pronto,
vamos a tener en Madrid una degollina,porque como aquí hay poca tropa, los
llamados demócratas o demagogos seecharán a la calle. Tendremos una guillotina en
cada plazuela». Cada díaestaba el pobre señor más enfermo. Se admiraba de
latranquilidad de sus compañeros, que habían tomado con calma lacatástrofe, y no
creían imposible colarse en cualquier otra oficina, sila revolución hacia tabla rasa del
Patrimonio Real. Y tan indecorosahallaba la idea de la defección, que aseguraba estar
dispuesto a pediruna limosna por las calles antes que una credencial a los
tituladosrevolucionarios.
«Pero hombre, no te apures—le decía su mujer—. Volverás a los SantosLugares».
 
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