Not a member?     Existing members login below:

La de Bringas

como tonto y olvidó completamente sus papeles. Aqueltrastorno moral y mental de
Bringas fue de la manera siguiente:
Una mañana bajó a la oficina tan tranquilo como de costumbre,y todavía no había
puesto los codos sobre la mesa, cuando uno de suscompañeros, el Sr. de Vargas, se
llegó a él y le dijo al oído: «Se hasublevado la Marina». Pareciole a Bringas tan
absurda la noticia, que seechó a reír. Pero Vargas insistía, daba detalles, recitaba el
texto delos telegramas... D. Francisco estuvo largo rato aturdido, como el querecibe
un canto en la cabeza. Ni aun podía respirar... El otro añadió,para acabar de
desconcertarle, palabras más lúgubres. «El diluvio, amigoBringas... Ahora sí que es
de veras». Recobrado un tanto nuestroeconomista, fue con su amigo y otros
empleados al cuarto delsubintendente (el intendente estaba en San Sebastián), y allí
vio aotros individuos de la casa, todos consternadísimos. «La cosa es muyseria... ¡Qué
infamia!... ¡La Marina española!... ¿Pero cómo? Ya se ve;en cuanto ha tenido
buques... Si parece cuento... Y el Gobierno, ¿quéhará?... Mandar un ejército
inmediatamente... Pero quia, si es untorrente... Cádiz sublevada, Sevilla sublevada,
toda Andalucíaardiendo... Pobre Señora... Bien se lo decían, y ella sin hacercaso... ¿Y
los generales que estaban en Canarias?... Pues en Cádiz. ¿YPrim? Navegando hacia
Barcelona... En fin, la de acabose».
Esto ocurría el 19. Bringas subió a su casa más muerto que vivo. Todo eldía y los
siguientes estuvo como lelo; no comía, no dormía, nohacía más que pedir noticias,
abrazar casi llorando a los que las traíanfavorables, despedir a cajas destempladas a
los que las referíanadversas. El pobre señor, abstraído de todo, se olvidó hasta de
laadministración de su casa. Si en aquellos días se viste su mujer deEmperatriz de
Golconda, la mira y se queda tan fresco.
Con la pérdida del apetito trastornose su naturaleza. Francamente, habíamotivo para
temer en él una perturbación grave. Andaba con dificultad,pronunciaba torpemente
algunas palabras, y el órgano de la visión habíavuelto a sus antiguas mañas, alterando
y coloreando de un modo extrañolos objetos. ¡Qué lástima, estropearse así cuando iba
tan bien de lavista, que determinó concluir la obra de pelo, de la cual faltaba
muypoco! «Nada, nada—solía decir—, si esta gran infamia prevalece, yo memuero».
Rosalía y Paquito de Asís también estaban muy alicaídos, si bien laprimera tenía
momentos en que la curiosidad podía más que la pena.
La revolución era cosa mala, según decían todos, pero también era lodesconocido, y
lo desconocido atrae las imaginaciones exaltadas, yseduce a los que se han creado en
su vida una situación irregular.Vendrían otros tiempos, otro modo de ser, algo nuevo,
estupendo y quediera juego. «En fin—pensaba ella—, veremos eso».
Pez continuaba yendo a la casa; mas ella le había tomado talaversión, que apenas le
dirigía la palabra. Con respecto a esto, lospensamientos de la orgullosa dama eran
Remove