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La de Bringas

«Porque mire usted—agregó la otra estirándose en el sillón, como sifuera una cama,
y tocando casi con sus pies las rodillas de la dama—;aquí donde me ve, estoy
arruinada. Me metí en un negocio que noentiendo, y como no tengo carácter, todos se
han aprovechado de mipavisosería para explotarme. Al principio, muy bien; la mar
salada ysus arenas... Yo recibía el género, venían las señoras y se lollevaban como la
espuma. Como que era todo de lo mejor, y nada caro porcierto. Pero cuando tocaban a
pagar... aquí te quiero ver. «Que meespere a la semana que entra...» «Que pasaré por
allí...» «Quevuelva...» «Que no tengo...» «Que torna, que vira», y a fin de
fiesta,miseria y trampas. Ay, qué Madrid este, todo apariencia. Dice uncaballero que
yo conozco, que esto es un Carnaval de todos los días, enque los pobres se visten de
ricos. Y aquí, salvo media docena, todos sonpobres. Facha, señora, y nada más que
facha. Esta gente no entiende decomodidades dentro de casa. Viven en la calle, y por
vestirse bien ypoder ir al teatro, hay familia que se mantiene todo el año contortillas
de patatas... Conozco señoras de empleados que están cesantesla mitad del año, y da
gusto verlas tan guapetonas. Parecen duquesas, ylos niños principitos. ¿Cómo es eso?
Yo no lo sé. Dice un caballero queyo conozco, que de esos misterios está lleno
Madrid. Muchas no comenpara poder vestirse; pero algunas se las arreglan de otro
modo... Yo séhistorias, ¡ah!, yo he visto mundo... las tales se buscan la vida,
senegocian el trapo como pueden, y luego hablan de otras, ¡como si ellasno fueran
peores!... Total, que de lo que vendí no he cobrado más que lamitad: la otra mitad
anda suelta por ahí, y no hay cristiano que lacobre. ¡Sopla-ollas, fantasmonas! Y
luego venían aquí dándoseun pisto... «Grandísimas...—les digo para mí—, yo no
engaño a nadie;yo vivo de mi trabajo. Pero vosotras engañáis a medio mundo, y
queréishacer vestidos de seda con el pan del pobre» Y óigalas usted echar humopor
aquellas bocas, criticando y despreciando a otras pobres. Alguna hahabido que
después de mirarme por encima del hombro, y de hacer milenredos para no pagarme,
ha venido aquí a pedirme dinero... ¿Y para quésería?... tal vez para dárselo a su
querido».
Al soltar esta retahíla con un énfasis y un calor que declarabanhallarse muy poseída
de su asunto, echaba sobre la infeliz postulantemiradas ardientes. Esta, hinchando
enormemente las ventanillas de lanariz, los ojos bajos, el resuello fatigoso, oía y se
amordazaba ycontenía sus ganas furibundas de hacer o decir cualquier disparate.
XLVII
«Por ese descaro—le hubiera dicho ella—, por ese cinismo con que túhablas de
señoras, cuyo zapato no mereces descalzar, se te debíaarrancar esa lengua de víbora y
luego azotarte públicamentepor las calles, desnuda de medio cuerpo arriba, así, así,
así...».
En su mente, le daba los azotes y la ponía en carne viva. Tan voladaestaba ya la
Bringas y tan grande esfuerzo tenía que hacer paracontenerse, que halló preferible
 
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