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La de Bringas

Este cambio completo en la conversación, puso a Rosalía sobre ascuas. Sedoblaba
la hoja. No había que pensar en el préstamo. A la estúpidapregunta del veraneo
contestó la señora con la primer sandez que se levino a la boca. En aquel momento
sentía tanto calor que sehabría echado en remojo para impedir la combustión
completa de su cuerpotodo.
«Hija, hace aquí un bochorno horrible».
—Espere usted, entornaré las maderas para que entre menos luz.
Durante un rato, la Pipaón, con el alma en un hilo, miró las estampas detoreros que
adornaban la pared. Veíalas confundidas con la desazónangustiosa de su alma. Aquel
afán sojuzgaba su dignidad de tal modo, queno vaciló en humillarse un poco más.
Dando con su abanico un golpecitoen la rodilla de Refugio, pronunció estas palabras,
a las cuales hubo dedar, no sin esfuerzo, un tonillo ligeramente cariñoso:
«Vaya, mujer; préstame ese dinero».
—¿Qué?—preguntó Refugio sorprendida. ¡Ah!, el dinero. Crea usted queno me
acordaba ya de semejante cosa... ¿Pero qué, tanta falta le hace?¿Es tan fuerte el
sofoco? Francamente, yo creí que usted daba a rédito,no que tomaba.
A esta maliciosa observación, habría contestado Rosalía tirándole deaquellas greñas
despeinadas. ¿Pero qué había de hacer? Tragar acíbar ysometerse a todo.
«Sí, hija, el compromiso es fuertecillo. Si quieres, se te daráinterés... como te
convenga».
—¡Jesús!, no me ofenda usted. Si yo le prestara a usted lo que desea, ysiento mucho
no estar en situación, lo haría sin interés. Entrepersonas de la familia no debe ser de
otra manera.
Cuando oyó la de Pipaón que aquella buena pieza se contaba entre los dela familia,
estuvo a punto de perder los estribos... Era demasiadosuplicio aquel para resistirlo sin
estallar. Rosalía apretaba losdientes, haciendo cuantas muecas fueron necesarias para
imitar sonrisas.«Debo estar echando espuma por la boca—pensaba—. Si no me voy
prontode aquí, creo que me da algo».
Refugio volvió a meter su mano en el costurero y sacó el envoltorio delos billetes.
¡Jesús divino! ¡Si al fin se resolvería...! La de Bringasla vio, con disimulada ansia,
sobar y repasar los billetes como si loscontara. Después, moviendo la cabeza en señal
de desconsuelo, dijo lamuy...: «Si no me queda ya nada... ¡Ay!, señora, no es posible,
no esposible».
Pero no guardó el envoltorio en donde estaba, sino que lo puso sobre lachimenea.
Este detalle avivó las muertas esperanzas de Rosalía.
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