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La de Bringas

de Celestina era tan extraño como elde Refugio, y al mismo tiempo tan semejante al
de esta, que no se podríafácilmente decir cuál de las dos era la señora. «Lo probable—
pensó laBringas sentándose en el primer sillón que se desocupó—, esque ninguna de
las dos lo sea».
La de Sánchez tenía su hermoso cabello en el mayor desorden. No se habíapeinado
aún. Cubría su busto ligera chambra, tan mal cerrada, queenseñaba parte del seno
ubérrimo. Arrastraba unos zapatos de presillaspuestos en chancleta, y los tacones iban
marcando sobre el piso debaldosín un compás de pasos harto estrepitoso.
«Iba a echarme la bata—dijo Refugio, después de revolver en un montónde ropas
que estaba sobre el sofá—, pero como usted es deconfianza...».
—Sí, hija, no te molestes—replicó la de Bringas afirmándose en lanecesidad de ser
amable—. Con este calor...
Mientras esto decía, observó la pieza en que estaba. Nunca había vistodesbarajuste
semejante ni tan estrafalaria mezcla de cosas buenas ymalas. La sala, cuya puerta de
comunicación con el gabinete estabaabierta, parecía una trastienda, y encima de todas
las sillas no se veíaotra cosa que sombreros armados y por armar, piezas de cinta,
recortes,hilachas. Destapadas cajas de cartón mostraban manojos de flores detrapo,
finísimas, todas revueltas, ajadas en lo que cabe, tratándose deflores contrahechas.
Algunas, aunque parezca mentira, pedían que lasrociaran con un poco de agua.
También había fichús de azabachey felpilla, camisetas de hilo y algunas piezas de
encaje. Esta masacaótica de objetos de moda extendíase hasta el gabinete,
invadiendoalgunas de las sillas y parte del sofá, confundiéndose con las ropas deuso,
como si una mano revolucionaria se hubiera empeñado en evitar allíhasta las
probabilidades de arreglo. Dos o tres vestidos de la Sánchez,enseñando el forro, con
el cuerpo al revés y las mangas estiradas,bostezaban sobre los sillones. Una bota de
piel bronceada andaba pordebajo de la mesa, mientras su pareja se había subido a la
consola. Unlibro de cuenta de lavandera estaba abierto sobre el velador
mostrandoapuntes de letra de mujer:Chambras 6; enaguas 14, etc... El veladorera de
hierro con barniz negro y flores pintadas. Sobre la chimenea, unreloj de bronce muy
elegante alternaba indignamente con dos perros deporcelana dorados, de malísimo
gusto, con las orejas rotas. Las láminasde las paredes estaban torcidas, y una de las
cortinas desgarrada; elpiso lleno de manchas; la lámpara colgante con el tubo
ahumadísimo. Porla mal entornada puerta de la alcoba se veía un lecho grande,
dorado, dearmadura imperial, sin deshacer y con las ropas en desorden, como
sialguien hubiera acabado de levantarse.
Refugio creía que la señora de Bringas la visitaba, cediendo al fin asus instancias,
para ver los artículos de su industria.
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