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La de Bringas

quederramaba después de casada, pues las que había vertido cuando sus hijostenían
alguna enfermedad grave eran lágrimas de otra clase.
Y lo peor de todo era que estaba perdida... Si a las tres de la tarde noentraba en casa
del inquisidor, dinero en mano... El tal la esperaríahasta las tres, hasta las tres, ni un
minuto más. Pensando esto, Rosalíasentía un volcán en su cabeza. ¿Y a quién, Virgen
del Carmen, volveríasus ojos, a quién?... Ni para encomendarse a todos los Santos y a
todaslas Vírgenes tenía ya serenidad su espíritu. En él no cabía más que
ladesesperación... Pero cuando se entregaba a ella, sin defensa, un rayode esperanza
cruzó por la atmósfera tempestuosa de aquel cerebro...Refugio...
Sí, Torres le dijo pocos días antes que Refugio había cobradoen casa de Trujillo
diez mil reales que su hermana le mandaba para ponerel establecimiento.
XLV
El tiempo ahogaba; la situación no admitía espera. Sin detenerse ameditar la
conveniencia de aquel paso, se aventuró a darlo. Eran lasdoce. «Antes que Bringas me
descubra—decía poniéndose precipitadamentela mantilla—, prefiero pasar por todo,
prefiero rebajarme a pedir estefavor a una...».
Refugio vivía en la calle de Bordadores, frente a la plazoleta de SanGinés, en una
casa de buena apariencia. Sorprendió a Rosalía el aspectodecente de la escalera. Creía
encontrar una entrada inmunda y vecindadmalísima, y era todo lo contrario. La
vecindad no podía ser másrespetable: en el bajo una tienda de objetos de bronce para
el cultoeclesiástico; en el entresuelo un gran almacén de paños de Béjar, conplaca de
cobre en la mampara; en el principal, la redacción de unperiódico religioso. Esto dio a
la de Bringas muchos ánimos, ybien los necesitaba la infeliz, pues iba como al
matadero, considerandolo que aquel paso la degradaba. «¡Lo que puede la
necesidad!—pensó altirar de la campanilla del segundo—. Y quién me había de decir
que yobebería de esta agua. Ahora sólo falta que me eche a cajas destempladas,para
que sea mayor mi vergüenza y mi castigo completo».
La misma Refugio le abrió la puerta, y sorprendiose mucho de verla.Rosalía,
turbadísima, vacilaba entre la risa y la seriedad, no sabía siaplicar a la de Sánchez el
trato familiar o el trato fino. El caso eramuy extraño y encerraba un problema de
sociabilidad de muy difícilsolución. Desde la puerta a la sala no hubo más que medias
palabras,frases cortadas, monosílabos.
«Pase usted por aquí—dijo Refugio a la señora de Bringas indicándole lapuerta del
gabinete—. Celestina, ayúdame a desocupar estos sillones».
La que respondía al nombre de Celestina debla de ser criada. Así lopensó nuestra
amiga en los primeros momentos, mas luego hubo derectificar este juicio. El aspecto
 
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