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La de Bringas

pasaban, como la luz por un tamiz, al travésde un confuso imaginar de galas y
perendengues de otoño.
Por la mañana, cuando llevó el chocolate a Bringas, hallole alegre ydecidor,
tarareando canciones. Ella, por el contrario, se acobardabaconsiderablemente. Más
tarde, Cándida, que era la encargada de traerlede casa de Sobrino las compras, para no
infundir sospechas al ratoncitoPérez, le llevó varias cosas. Tan abstraída estaba la
dama, considerandolos peligros de aquel día, que no tuvo espíritu más que para
contemplarel organdí y la felpilla durante breves minutos, y lo guardó
todoprecipitadamente en una de las cómodas... A las once recibiría lo queesperaba de
Pez. Sobre las diez y media iba Bringas invariablemente a suoficina. Aquel día fue
menos puntual que de costumbre, y mientrasalmorzaba, todo aquel regocijo con que
despertara se desvaneció, porquePaquito le leyó unos papeles clandestinos que corrían
por Madrid,amenazando a la Reina y asegurando la proximidad de su caída. «Si
mevuelves a traer aquí esas asquerosidades—dijo Thiers bufando de ira—,te quito de
la Universidad y te pongo de hortera en una tienda de lacalle de Toledo».
Se fue trinando, y al poco rato recibió Rosalía el papel que esperabacon tanta ansia.
«Abulta poco—pensó, con el alma en un hilo,metiéndose en el Camón para abrir el
sobre a solas, pues andaba por allíCándida con cada ojo como una saeta—. Abulta
poco—repitió sacando delsobre un papel—; aquí no viene nada». Y en efecto, no era
más que unacarta, escrita con la limpia y correcta letra del director de Hacienda.La
cólera que invadió el alma de la Pipaón al ver que la carta no traíaconsigo compañía
de otros papeles, le impedía leer. En su mano temblabael pliego, escrito por tres
carillas. Leía a saltos, buscando lascláusulas terminantes y positivas. En pocos
segundos recorrió la dichosaepístola... Cada frase de ella le desgarraba las entrañas
como si laspalabras fueran garfios... «Estaba afligidísimo, desolado, por no
podercomplacerla aquel día...». «Érale imposible de todo punto...». «Se
habíaencontrado la casa en un atraso lamentable, con un cúmulo enorme decuentas
por pagar...». «Su situación era angustiosa y muy otra de lo queal exterior parecía...».
«Declaraba sin rebozo, en el seno de laconfianza, que todo el boato de su casa no era
más que apariencia...».«A pesar de esto, él hubiera acudido presurosísimo en auxilio
de suamiga, si casualmente en aquel mismo día no tuviera un
vencimientoineludible...». «Pero más adelante...».
Rosalía no pudo acabar de leer. La ira, la vergüenza la cegaron...Rompió la carta y
estrujó los pedazos. ¡Si pudiera hacer lomismo con el vil!... Sí, era un vil, pues bien le
había dicho ella quese trataba de una cuestión de honra y de la paz de su casa...
¡Quéhombres! Ella había tenido la ilusión de figurarse a algunos conproporciones
caballerescas... ¡Qué error y qué desilusión! ¡Y para esose había envilecido como se
envileció! Merecía que alguien le diera debofetadas y que su marido la echara de
aquel honrado hogar... Ignominiagrande era venderse, pero darse de balde...! Al llegar
a esto, lágrimasde ira y dolor corrieron por sus mejillas. Eran las primeras
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