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La de Bringas

anunciase unaconciencia vacilante o una virtud en peligro. Habíase convertido,
porgracia de los aires del Norte, en un varón ejemplar, modelo de rectitudy
templanza. Su parecido con el Santo Patriarca antojósele a Rosalía másvivo que
nunca; pero consideró aquella belleza rubia como la más sosaperfección del mundo.
No le faltaba más que la vara de azucenas parapasar a figurar en la cartulina de los
cromos de a peseta que se vendenpor las calles. A Rosalía empezó a repugnarle tanta
circunspección, y yaestaba reuniendo todo su desprecio para dedicárselo por entero,
cuandola idea de los compromisos del día 9 la acometió con furia. Pez, leyendoen su
cara, le dijo: «Está usted pálida».
Rosalía no le contestó. Estaba embebecida en su pena, diciendo: «Pecar,llámote
necesidad y digo la mayor verdad del mundo... Pues nonecesitando, ¿qué mujer habrá
tan tonta que no desprecie a toda estacanalla de hombres?».
Pez, un poco más tierno, díjole que notaba en ella algo de extraño,tristeza, quizás
preocupaciones graves. Esta indicación la consideróella como una feliz coyuntura
para decir algo. Iba a probar si Pez erael mismo caballero vivaracho y rumboso de
antes, o si se había trocadoen un empedernido egoísta. La dama, haciendo también
graciosos alardesde reserva, replicó: «Cosas mías. Lo que a mí me pasa, ¿a quién
interesamás que a mí sola?».
Lentamente mi amigo descendía de aquellas cimas de virtud en que sehabía
encaramado. Inclinose más hacia ella y le habló de ingratitud entono de queja
amorosa. Rosalía vislumbró horizontes de salvación quealumbraban con débil luz las
tinieblas de aquel funesto día 9, ya tanpróximo. Como llamaron de súbito a la puerta y
entraron los pequeños, nopudo la de Bringas ser más explícita, ni Pez tampoco;
únicamente tuvoella tiempo de hacer constar una cosa: «Deseaba mucho que
ustedvolviese. Tengo que hablarle...».
Los besuqueos de los niños interrumpieron esta grata conferencia, queiba tan
conforme al plan de la Pipaón. Pero más tarde, después delregreso de Bringas y del
largo párrafo que él y Pez echaron sobre lascosas políticas, Rosalía tuvo ocasión de
cambiar con su amigo más de unapalabra en la Saleta, secretamente, con lo que él
puso punto a la visitay se retiró.
Más bien triste que alegre estuvo la Pipaón toda aquella tarde y noche.Su esposo
advirtió en ella una sobriedad verbal que rayaba en mutismo; ysegún su costumbre, no
hizo esfuerzo alguno por corregirla. En toda casaes preferible siempre la concisión de
una mujer a su locuacidad, yThiers no tenía gran empeño en alterar esta regla. En la
mañana del día8, Rosalía, vestida con pulcra sencillez, se despidió de su marido. Ibaa
misa, como lo demostraba el devocionario con tapas de nácar quellevara en la mano...
Su marido no debía extrañar que tardase algo, puesiba a ver a la de Cucúrbitas que
estaba en peligro de muerte.
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