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La de Bringas

Máximo Manso, mi amigo, todocuanto aquella señora dijo me lo tragué, y lo menos
que me ocurría eraque estaba hablando con el más próximo pariente de S. M. Aquel
derribarde tabiques y aquel disponer obras y mudanzas, hicieron en mi candidezel
efecto de un lenguaje regio hablado desde la penúltima grada de untrono. El respeto
me impedía desplegar los labios.
Llegamos por fin a las habitaciones de Bringas. Comprendimos quehabíamos
pasado por ella sin conocerla, por estar borrado el número. Erauna hermosa y amplia
vivienda, de pocos pero tan grandes aposentos, quela capacidad suplía al número de
ellos. Los muebles de nuestroamigo holgaban en la vasta sala de abovedado techo;
pero el retrato deD. Juan de Pipaón, suspendido frente a la puerta de entrada, decía
consus sagaces ojos a todo visitante: «Aquí sí que estamos bien». Por lasventanas que
caían al Campo del Moro entraban torrentes de luz yalegría. No tenía despacho la
casa; pero Bringas se había arreglado unomuy bonito en el hueco de la ventana del
gabinete principal, separándolode la pieza con un cortinón de fieltro. Allí cabían muy
bien su mesa detrabajo, dos o tres sillas, y en la pared los estantillos de
lasherramientas con otros mil cachivaches de sus variadas industrias. En laventana del
gabinete de la izquierda se había instalado Paquito con todoel fárrago de su biblioteca,
papelotes y el copioso archivo de susapuntes de clase, que iba en camino de abultar
tanto como el deSimancas. Estos dos gabinetes eran anchos y de bóveda, y en la pared
delfondo tenían, como la sala, sendas alcobas de capacidad catedralesca,sin estuco,
blanqueadas, cubiertos los pisos de estera de cordoncillo.Las tres alcobas recibían luz
de la puerta y de claraboyas con reja dealambre que se abrían al gran corredor-calle de
la ciudad palatina. Poralgunos de estos tragaluces entraba en pleno día resplandor de
gas. Enla alcoba del gabinete de la derecha se instaló el lecho matrimonial; lade la
sala, que era mayor y más clara, servía a Rosalía deguardarropa, y de cuarto de labor;
la del gabinete de la izquierda seconvirtió en comedor por su proximidad a la cocina.
En dos piezasinteriores dormían los hijos.
Ignoro si partió de la fértil fantasía de Bringas o de la pedantescaasimilación de
Paquito la idea de poner a los aposentos de la humildemorada nombres de famosas
estancias del piso principal. Al mes dehabitar allí, todos los Bringas chicos y grandes
llamaban a la salaSalón de Embajadores, por ser destinada a visitas de cumplido
yceremonia. Al gabinete de la derecha, donde estaba el despacho de Thiersy la alcoba
conyugal, se le llamaba Gasparini, sin duda por ser lo másbonito de la casa. El otro
gabinete fue bautizado con el nombre de laSaleta. El comedor-alcoba fue Salón de
columnas; laalcoba-guardarropa recibió por mote el Camón, de una estancia dePalacio
que sirve de sala de guardias, y a la pieza interior donde seplanchaba, se la llamó la
Furriela.
Para ir a su oficina, D. Francisco no tenía que salir a la calle. O bienbajaba la
escalera de Cáceres, atravesando luego el patio, o bien, si eltiempo estaba lluvioso,
recorría la ciudad alta hasta la escalera deDamas, dirigiéndose por las arcadas al Real
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