Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

La de Bringas

conganas de echarse a llorar y sintiendo en su alma como un secreto anhelode
confesarse a su marido, Rosalía volvió a casa de Sobrino Hermanos.Iba por distraerse
nada más y arrancar de su cerebro, durante un rato,la temerosa imagen de
Torquemada. Por la calle del Arenal encontró aJoaquinito Pez, el cual, muy gozoso, le
dijo: «Hemos tenido parte,mañana llegan». Oír esto Rosalía, y ver el cielo abierto, la
cerrazón desu alma despejada, la cuestión del día 9 resuelta, y el mundomejorado, y la
humanidad redimida de sus añejos dolores, fue todo uno.Siguió por la calle adelante
despidiendo alegría de su rostro fresco; yentrando en la tienda de Sobrino, empezó a
ver cosas y a dar sobre todasellas su parecer, encareciendo unas, desdeñando otras, no
harta nunca dever y de comentar. «Que me lleven esto a casa... Vaya, Sr. Sobrino,
alfin se sale usted con la suya; me quedo con el fichú». Estas y otrasfrases, todas
referentes a adquisiciones, matizaban el charlar loco deaquel día.
XLIII
Llegó el grande hombre. Rosalía no se equivocaba al suponer que laprimera visita
de él, y después de quitarse el polvo del camino, seríapara sus amigos de Palacio. Y
desde que Bringas se fue a la oficina,emperejilose para recibir al que, mientras estuvo
ausente, había llenadosu pensamiento en las horas de mayor tristeza. Porque de fijo D.
Manuelvendría de los baños más avispado, más caballeresco y más liberalque antes lo
fuera, y lo fue mucho. La dama conoció sus pasoscuando se acercaba a la puerta, y le
entró un temblor... luego unavergüenza... ¡Ánimo, mujer! Echó un vistazo en el espejo
a su aspectopersonal, que era inmejorable, y después de hacerle aguardar un
poquito,salió a Embajadores... La emoción debió entorpecerla un poco alsaludarle.
Apenas se dio cuenta de que confundía unas palabras con otrasy de que se
embarullaba un poco al hablar de la completa mejoría deBringas. ¡Y qué bueno estaba
Pez! Parecía que se había quitado diez añosmás de encima, y que se hallaba en la
plenitud de los tiempospisciformes. Su amabilidad, su distinción no habían cambiado
nada; peroalgo observó Rosalía desde el principio de la visita, que le hubo deparecer
tan extraño como desconsolador. Ella había creído que Pez, desdeel primer momento,
se mostraría tan vivo de genio como el día de marras,y en esto se llevó un solemne
chasco. Mi amigo se presentaba juicioso,reservadísimo, y no tenía para ella sino las
consideraciones discretas ycomedidas que se deben a una señora. ¿Era que se había
verificado uncambio radical en sus sentimientos? Pues no sería porque ella
noestuviera bien guapa, que en realidad había echado el resto aquel día...Pasaba
tiempo y la Bringas no volvía de su asombro, el cual se ibaresolviendo en despecho a
medida que Pez agotaba todos los temas deconversación, el tiempo, el calor de
Madrid, la salud detodos, las conspiraciones, sin tocar, ni por incidencia, el que
ellaestimaba más oportuno. El laconismo de las respuestas de ella y elénfasis nervioso
con que se abanicaba, eran indicios de su contrariedad.Y Pez, cada vez más frío, con
un cierto airecillo de persona superior alas miserias humanas, continuaba hablando de
cosas indiferentes conadmirable seso, sin perder la brújula, sin decir nada que
 
Remove