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La de Bringas

—¡Ay, gracias a Dios!, hasta el 10.
Rosalía se conceptuaba dichosa al ver delante de sí aquellos días derespiro. En este
tiempo vendría Pez quizás. Trajérale Dios pronto.
Desde el primero de Setiembre, Bringas empezó a ir a la oficina, aunquetrabajaba
muy poco, y se pasaba todo el tiempo hablando con el segundojefe. Era una picardía
que le hubieran cercenado el sueldo en el mes deAgosto, y en cuanto la Señora
viniera, pensaba él interesarla en sufavor para subsanar un despropósito tan sin gracia.
Mientras Thiersestaba en su oficina, su mujer pasaba las horas casi sola. Rara vez
ibanvisitas a la casa; pues la mayor parte de sus amigas, aexcepción de las de
Cucúrbitas, no habían vuelto aún de baños. Dos otres veces fue a verla Refugio, y
charlaron de modas y de los artículosque había recibido de Burdeos. La Pipaón no la
trataba ya con tantaaltivez, aunque cuidando siempre de establecer la diferencia que
existeentre una señora honrada y una mujer de conducta misteriosa y equívoca.
Desde que aquellos ahogos financieros empezaron a sofocarla, Rosalíahabía
adquirido la costumbre de calcular, siempre que hablaba concualquier persona, el
dinero que la tal persona podía tener. «Esta perratiene dinero—se dijo cierto día
mirando a la de Sánchez y oyendo ladescripción ampulosa del comercio que iba a
establecer».
Al verla salir de la casa, ocurriole a Rosalía la atrevidísima idea deacudir a ella...
¡Qué horror! Esta idea fue al punto rechazada porignominiosa. No, antes de
humillarse tanto y perder tan en absoluto sudignidad, la Bringas prefería que su
marido le diera el gran escándalo yle dijese cuanto había que decir... ¡Buena pieza era
la tal Refugio!Roja de vergüenza se ponía nuestra amiga sólo de pensar que se
rebajabaa pedirle favores de cierta clase. Precisamente el día antes le habíacontado
Torres que la dichosa niña era el escándalo de la vecindad, yestaba enredada con tres
o cuatro hombres a la vez.
El día 5 un dependiente de Sobrino Hermanos fue a avisar aRosalía que empezaba a
llegar de París el género nuevo de la estación.Eran maravillas. Quería Sobrino que su
distinguida parroquiana viesetodo y diera su parecer sobre algunas telas de una
novedad algoestrepitosa. Acudió ella al reclamo; pero lo mucho y nuevo y rico quevio
no fue parte a distraerla de la pena que llenaba su alma. Habríadeseado comprar todo
o siquiera algo; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, en lasituación apuradísima en que estaba,
amenazada de un grave cataclismodoméstico? «Esto lo he traído para usted»,—le
decía Sobrino coninfernal amabilidad. Pero ella, poniendo una cara desconsoladísima
yquejándose de dolor de cabeza, negábase a comprar, aunque los ojos se leiban tras de
las originales telas, y más aún tras de los admirablesmodelos colocados en los
maniquís. En fichús, encajes, manteletas,camisetas, pellizas, estaban allí las Mil y una
noches de los trapos.El día 6, ya con el dogal al cuello, triste y apenas sin esperanza,
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