Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

La de Bringas

Y oyendo esto, sopesaba la dama en su mente las dificultades del caso,más graves
entonces que lo habían sido en otros análogos. Ocioso esdecir, pues ciertas cosas se
dicen por sí mismas, que el apoderado deMilagros no llevó a Rosalía el 4 ni el 5, ni
ningún otro día de Agostolo que aquella le había prometido. De Cándida no debía
esperar más quefantasías. ¿A quién volver los ojos? Los de Bringas veían, yera locura
pensar en sustraer otra vez cantidad alguna del tesorodoméstico. Hablar a su marido
con franqueza y confesarle su fragilidadhabría sido quizás lo mejor; pero también era
lo más difícil. ¡Bueno sepondría!... Sería cosa de alquilar balcones para oírle. ¡Desde
queBringas se enterase de sus enredos, vendría un período de represiónfuerte que
aterraba más a Rosalía que los apuros que pasaba! Su plan eraemanciparse poco a
poco; de ningún modo atarse a la autoridad con lazosmás apretados... Se las arreglaría
sola, como Dios le diera a entender.Dios no la abandonaría, pues otras veces no la
había abandonado.
Desde que pasó el 25, notaba en todo su ser comezón, fiebre, recelo, ysus labios
gustaban hiel amarguísima. La idea del compromiso en que seiba a ver no la dejaba
libre un momento, y ningún cálculo la llevaba ala probabilidad de una solución
conveniente... ¡Si Pez volvierapronto!... ¡Él, que tantas veces le había ofrecido...! Pero
acordándosede lo arisca que con él estuvo en la ocasión de marras, recelaba que,
alregresar a Madrid, su insigne amigo no se hallara tan dispuesto a lamunificencia...
«¡Oh!, no—decía luego—, le he vuelto loco. Haré de éllo que quiera». Al pensar en
esto, recordaba la escena de aquel día,concluyendo por acusarse de excesivamente
melindrosa... Si ella nohubiera sido tan... tan... tan tonta, no habría tenidonecesidad de
pedir dinero al cafre de Torquemada. ¡Una mujer de sucondición verse en tales
agonías...!, ¿y por qué?, por una miserablecantidad... Bien podría tener miles de duros
si quisiera. Ocho añosantes el marqués de Fúcar, que con frecuencia la veía en casa
deMilagros, le había hecho la corte. ¿Y ella?... un puerco espín. Y no erasólo el
marqués de Fúcar su único admirador. Otros muchos, y todosricos, habíanle
manifestado con insistente galantería que estabandispuestos a hacer cualquier
disparate. Pero ella siempre permanecióinflexible en su esquiva honradez. Ni
sospechara nunca que estainflexibilidad, alta y firme como una torre, pudiera algún
día sentirsevacilar en sus cimientos, y hubo de parecerle tan extraño lo que a lasazón
pensaba, que se creyó muy obra de lo que había sido. «Lanecesidad—se dijo—, es la
que hace los caracteres». Ella tiene laculpa de muchas desgracias, y considerando
esto, debemos ser indulgentescon las personas que no se portan como Dios manda.
Antes de acusarlas,debemos decir: Toma lo que necesitas; cómprate de comer; tápate
esascarnes... ¿Estás bien comida, bien vestida? Pues ahora... vengamoralidad.
Discurriendo así, Rosalía se admiraba a sí misma, quiero decir queadmiraba a la
Rosalía de la época anterior a los trampantojos que a lasazón la traían tan
desconcertada; y si por una parte no podíaver sin cierto rubor lo cursi que era en dicha
época, por otra seenorgullecía de verse tan honrada y tan conforme con su vida
Remove