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La de Bringas

después con mucho cuidado. «Algunas de estas cosasservirán todavía—decía el
economista—. Pongamos los huesos dealbaricoque juntitos aquí. Vamos a contarlos:
son veintitrés. Ahora sepone encima un papel, ¿estás? Primero se mete en medio la
cajita deplumas con las cuentas dentro, para que no se corran los huesos
dealbaricoque... ¡Ajajá! Venga otro papel. Veme dando ahora las cajas defósforos;
dos, dos... dos... dos. ¿Ves? Se cubre todo y así no se puedenrodar. Siguen los
cacharritos... No pongamos los botones de hueso allado de los de metal: separemos
igualmente los de hueso de los demadera, no sea que riñan. En todas partes hay
clases, hija mía... Así...Ahora coloquemos estos líos de trapos a un ladito, para, queno
se junten con las flores artificiales, no sea que tengan envidia deellas y se echen a
reñir. En todas partes hay malas pasiones... Lasobras de arte por separado. Este es el
Museo a donde vienen losingleses, que son estos pitos del Santo... Veme dando
cosas...».
Frecuentemente, después de puesto todo, se volvía a sacar para meterlode nuevo,
colocado de otra manera. También jugaban ambos a las muñecas,vistiéndolas y
desnudándolas, recibiendo y pagando visitas. En tanto, elotro bruto de Alfonsín
arreaba las caballerías y cargaba su carro hastaque no podía más. En todos los
contratiempos el pequeñuelo iba a buscarrefugio en las faldas de su querida mamá, así
como la niña siempre searrimaba a D. Francisco para buscar mimo o pedir justicia en
algúnpleito con su hermano. Alfonso sabía engolosinar a su madre con cariciasastutas
cuando quería obtener de ella algunos ochavos, y la besuqueaba yhacía mil
zalamerías.
—Un secreto, mamá—decía subiéndosele al regazo, y abrazándola yaplicándole su
boca al oído—. Un secreto...
—Ya, ya, ¡ay, qué rico!, lo que mi ángel quiere es un cuartito,¿verdad?
Y el muy pillo silabeaba en el oído de su mamá estas palabras más tenuesque el
aleteo de una mosca:
—Dice papá que yo salgo a ti, qué soy un loco.
XLI
Con terror vio la ingeniosa señora que pasaban uno tras otro los días dela segunda
quincena de Agosto, porque, según todas las señales, trasellos debían venir los
primeros de Setiembre. Torres, a quien hizo unaindicación de prórroga, se puso pálido
y dijo que Torquemada no podíaesperar por esto y lo otro y lo de más allá... Bien
claro se lo habíandicho ambos el día de la celebración del contrato. Era la
cláusulaprincipal, y seguramente el señor de Torquemada lo contaba comoseguro...
 
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