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La de Bringas

humanos en estosbosquejos de personas que llamamos niños. Ellos son nuestras
premisas;nosotros ¿qué somos sino sus consecuencias?
Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muñecas, no tenía en estogusto tan
grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Teníala manía coleccionista.
Cuanta baratija inútil caía en sus manos, cuantoobjeto rodaba sin dueño por la casa,
iba a parar a unas cajitas que ellatenía en un rincón a los pies de su cama. ¡Y cuidado
que tocara nadieaquel depósito sagrado!... Si Alfonsín se atrevía a poner sus
profanasmanos en él, ya tenía la niña motivo para estar gimoteando y suspirandouna
semana entera... Estos hábitos de urraca parecía que se exacerbabancuando estaba
más delicada de salud. Su único contento era entoncesrevolver su tesoro, ordenar y
distribuir los objetos, que eran de unavariedad extraordinaria, y por lo común, de una
inutilidad absoluta. Lospedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un
cajón. Losbotones, las etiquetas de perfumería, las cintas de cigarros, los sellosde
correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacías,las mil cosas informes,
fragmentos sin uso ni aplicación,rayaban en lo incalculable. Pero el montón más
querido lo componían lasestampitas francesas dadas como premio en la escuela, los
cromitos delSagrado Corazón, del Amor Hermoso, de María Alacoque y de
Bernardette,pinturillas en que el arte parisién representa las cosas santas con elmismo
estilo de los figurines de modas. También había lo que ellallamaba papel de encaje,
que son las hojuelas estampadas que cubren lascajas de tabacos. Aquello era de los
cigarros de Agustín, y se lo habíadado Felipe. No contaré los papelillos de agujas
vacíos, los guantesviejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro,
losmuñequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias allíhacinadas. En otra
parte tenía Isabel muy bien guardada su hucha, dentrode la cual, al agitarla, sonaba
una música deliciosa de cuartos. Estabaya tan llena, que pesaba así como un quintal.
No le costaba a ella pocotrabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y
rapaces manosde Alfonsín, que, si lo dejaran, la rompería para coger el dinero
ygastarlo todo en triquitraques... o comprar un carro de mudanza concaballos de
verdad.
Tan enamorada estaba Isabelita de su tesoro de cachivaches, que loreservaba de
todo el mundo, hasta de su mamá; pues esta se lodescomponía, se lo desordenaba, y
parecía tenerlo en pocaestima, pues alguna vez le dijo: «No seas cominera, hija. ¿Qué
gustotienes en guardar tanta porquería?». La única persona a quien ellaconsentía
poner las manos en el tesoro era su papá; pues este admirabala paciencia de la niña y
le alababa el hábito de guardar. En aquelloslargos días de verano, D. Francisco, que
no podía leer ni trabajar niocuparse en nada, se hubiera aburrido de lo lindo, si no
tuviese elrecurso de jugar con su hija a revolver, ordenar y distribuir
cosillas.«Ángel—decía después de dormir su siesta—, tráete las cajitas y
nosentretendremos». Los dos en Gasparini, sin testigos, se pasaban toda latarde
sentados en el suelo, sacando los objetos y clasificándolos, paravolver a guardarlos
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