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La de Bringas

V
Cuánto nos alegramos de aquel encuentro, no hay para qué decirlo. Ella,por el
contrario, pareciome sorprendida desagradablemente, coma personaque no quiere ser
vista en lugares impropios de su jerarquía. Susprimeras palabras, dichas a tropezones
y entremezcladas con las fórmulasdel saludo, confirmaron aquel mi modo de pensar.
«No les ruego que pasen, porque esta no es mi casa... Me he instaladoaquí
provisionalmente, mientras se arregla la habitación de abajo dondeestaba la generala.
Es esto un horror, una cosa atroz... Su Majestad seempeñó en que había de
aposentarme en Palacio y no he podido negarme aello... «Candidita, no puedo vivir
lejos de ti... Candidita, venteconmigo... Candidita, dispón de todo lo que esté
desocupado arriba...»Nada, nada, pues a Palacio. Meto mis muebles en siete carros de
mudanza,y me encuentro con que el cuarto de la generala está lleno dealbañiles... ¡Es
un horror!... se cae un tabique... el estucoperdido... los baldosines teclean bajo los
pies... En fin, que tengo quemeter mis queridos trastos en este aposento, bastante
grande, sí, peroincapaz para mí... Verían ustedes las dos tablas de Rafael tiradas porel
suelo, revueltas con la vajilla; el gran lienzo de Tristán contra lapared; las porcelanas
metidas en paja todavía; las mesas patas arriba;las lámparas y los biombos y otras
muchas cosas en desorden, esperandositio, todo hecho una atrocidad, un horror...
Créanlo, estoy nerviosa.Acostumbrada a ver mis cosas arregladas me abruma la
estrechez, la faltade espacio... Y esta vecindad de mozas de retrete, de porteros de
banda,pinches y casilleres me enfada lo que ustedes no pueden figurarse. SuMajestad
me perdone; pero bien me podía haber dejado en mi casa de lacalle de la Cruzada,
grandona, friota, eso sí; pero de una comodidad...No me faltaba sitio para nada y
todos los tapices estaban colgados. Aquíno sé, no sé... Creo que en la habitación que
voy a ocupar ha defaltarme también sitio para todo... ¡Qué hemos de hacer!... allá
vanleyes do quieren reyes».
Dijo esto en tono de jovial conformidad, cual persona que sacrificabasus gustos y
su bienestar al amistoso capricho de una Reina. Guiábanospor el corredor, y cuando
salimos a la terraza para acortar camino,señaló con aire imponente a una fila de
puertas diciendo:
«Esta parte es la que voy a ocupar. La de Porta se mudó al lado de allápara dejarme
sitio... Derribo tabiques para unir dos habitaciones yponerme en comunicación con la
escalera de Cáceres, por la cual puedobajar fácilmente a la galería principal y entrar
en la Cámara... Mandoponer tres chimeneas más y una serie de mamparas...».
D. Manuel, como hombre muy político, apoyaba estas razones; perodemasiado
sabía con quién hablaba y el caso que debía hacer de aquellascacareadas grandezas.
Por mi parte, como la viuda de García Grande meera aún punto menos que
desconocida, pues mi familiar trato con ella severificó más tarde, en los tiempos de
 
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