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La de Bringas

cordial como explícito. La casa era muy grande, conjardín y mil comodidades. Los
señores de Bringas serían hospedados a logrande y tratados a cuerpo de rey, sin que
tuvieran que hacer gasto deninguna clase... «Amparo y yo—decía la carta en
conclusión—, nosalegraremos mucho de que aceptéis».
El primer impulso de Rosalía fue de odio y despecho... ¡Atreverse ainvitar a una
familia honrada...! «Eso es para darse lustre alternandocon nosotros... Eso es para
poder pasar por personas decentes,presentándose en nuestra compañía... En una
palabra, quieren que seamosel pabellón honrado que cubra la mercancía de
contrabando... ¿No te daira? Porque esto es una injuria».
D. Francisco estaba tan ocupado en desenredar el espantoso lío de ideasque la carta
armó en su mente, que aún no había tenido tiempode indignarse. Ella siguió rumiando
su despecho, y en la tempestad denubarrones que se desató en su cerebro, brillaban
relámpagos que decían:«¡Arcachón!». En el retumbante son de esta palabra, más chic
ysimpática aún si era emitida por la nariz, iba como envuelto un mundo
desatisfacciones elegantes. Ir a Francia, encontrar en la estación de SanSebastián o
San Juan de Luz a algunas familias españolas conocidas ydecirles, después de los
primeros saludos: «Voy a Arcachón», era comoconfesarse emparentada con el padre
Eterno. Al pensar esto, una bocanadade humo balsámico salía del corazón de la dama,
llenaba todo su tórax yse le subía hasta la nariz, dándole un picor muy vivo y
ahuecándoselaconsiderablemente. Por fin el cerebro de Bringas, tras un
laboriosísimoparto, dio a luz esta idea:
—¿Se habrán casado?...
—¡Casarse!... no lo creas... Pues poco lo habrían cacareado... Nada,viven como los
animales... Es una indecencia que nos inviten a vivir ensu compañía. Pues ¿qué?...
¿no hay ya distinciones entre las personas,no hay moralidad? ¡Creen que nosotros
tenemos tan poca vergüenza comoellos...!
—¡Qué lástima que no estén casados!—murmuró el economista mirando asus
pulgares que estaban quietos uno frente a otro, como recelosos deunirse—. Porque si
vivieran como Dios manda... Ya ves quéproporción. ¡Billetes gratis, casa gratis,
comida gratis!...
La idea de humillarse a Amparo y ser su huésped y deberle un favorgrande, sublevó
el orgullo de la Pipaón...
—Tú serías capaz de aceptar—dijo—. Yo no puedo rebajarme a tanto.
—No, yo no... Es que decía... Pongo por caso—tartamudeó Bringas, másperplejo
aún—. Y no tenemos motivos para asegurar que no se hayancasado.
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