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La de Bringas

efecto de una alta temperatura y en suespíritu la nostalgia de las playas. Las tormentas
precedidas de vientoy sucia polvareda le excitaban horriblemente los nervios, y su
únicogusto al presenciarlas era ver desmentidos los pronósticosmeteorológicos de
Bringas, el cual, desde que el cielo se nublaba,decía: «verás cómo esta tarde refresca».
¡Qué había derefrescar...! Al contrario, duplicaba el calor.
Si alguna vez salía por la noche, la atmósfera pesada y sofocante de lasprimeras
horas de esta la ponía de un humor endiablado, y más aún elpensar cuán felices eran
los que en aquel momento se paseaban en laZurriola. Todo Madrid le parecía
ordinario, soez, un lugarón poblado dela gente más zafia y puerca del mundo. Cuando
veía a los habitantes delos barrios más populares posesionados de las aceras, ellos en
mangas decamisa, ellas muy a la ligera, los chiquillos medio desnudos enredandoen el
arroyo, creía hallarse en un pueblo de moros, según la idea quetenía de las ciudades
africanas. Levantábase temprano y se bañaba en supropia casa, por no querer
rebajarse a ser náyade de un río tan pedestrey cursi como el señor de Manzanares. En
las primeras horas del día,abiertos de par en par los balcones de la casa, que daban a
Poniente,entraba un poco de fresco, y el cuerpo y el espíritu de la dama recibíanalgún
consuelo. Cuando iba a dar una vueltecita por las tiendas, lamortificaban los olores
que por diversas puertas salían en las callesmás populosas, olor de humanidad y de
guisotes. Las rejas de los sótanosdespedían en algunos sitios una onda de frescura que
la convidaba adetenerse; mas en aquellos sótanos donde había cocinas, el vaho era
tanrepugnante que la empujaba hacia el arroyo. Veía con delicialas mangas de riego,
sintiendo ganas de recibir la ducha en sus propiascarnes; pero luego se desprendía del
suelo un vapor asfixiante, mezcladode emanaciones nada balsámicas, que la obligaba
a avivar el paso. Losperros bebían en los charcos sucios formados por los chorros del
riego ydespués refugiábanse en la sombra, como los vendedores ambulantes,cansados
de pregonar zapatillas de cabra, tubos, todo a real,puntillas, guías de ferrocarril, pitos
y pucheros artificiales paraeconomía de carbón... En aquellas horas, en aquella
horrible y molestaestación, sólo las moscas y Bringas eran felices.
XXXIX
Fue, sí, el día de San Lorenzo cuando recibieron una carta que aentrambos les dejó
perplejos y así como atontados. ¿A quién no le saleal paso alguna vez lo maravilloso,
ese elemento de vida que los antiguosrepresentaban por apariciones de ángeles, dioses
y genios? En nuestraedad lo maravilloso existe lo mismo que en las pasadas, sóloque
los ángeles han variado de nombre y figura, y no entran nunca por elagujero de la
llave. Lo extraordinario que a mis queridos amigossorprendió en su soledad, fue una
carta de Agustín Caballero. Uno y otrocreyeron que el propio fantasma del generoso
indiano se les poníadelante. Expresándose en plural, les decía que habían tomado una
casa enArcachón, y sabedores de que a Bringas y a los niños les conveníarespirar
aires frescos y salinos, les invitaban a pasar un mes allá. Elofrecimiento era tan
 
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