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La de Bringas

lostontos que se van fuera conocieran los establecimientos de los Jerónimos,Cipreses,
el Arco Iris, la Esmeralda y el Andaluz, de fijono tendrían ganas de emigrar. También
Paquito se arrojaba intrépido alas ondas de aquellos pequeños mares sucios, metidos
entre esteras, ynadaba que era un primor, de pie sobre el fondo. A Alfonsín era
precisopegarle para hacerle salir, y la niña no entraba sino a la fuerza.Regresaban los
cinco lentamente, los pequeños con apetito de avestruces,D. Francisco muy contento
y también con propósitos de no desairar elalmuerzo. Para bajar al río, la Bringas tenía
que vencer la repugnanciaque aquello le inspiraba. Sólo por amor de sus hijos era ella
capaz dehacer tal sacrificio. Le daban asco el agua y los bañistas, todos gentede poco
más o menos. No podía mirar sin horror los tabiques de esteras,más propios para
atentar a la decencia que para resguardarla,y el vocerío de tanta chiquillería ordinaria
le atacaba los nervios.
Por las tardes, casi al anochecer, solía bajar a Madrid, para visitar aalguna amiga o
dar una vuelta por las tiendas conocidas. En estas habíapoquísima gente. Luenga
cortina mantenía en el local una atmósfera menoscalorosa que la de la calle, y esta
penumbra, como la ociosidad,convidaba a los dependientes a dormir sobre las piezas
de tela. De vezen cuando encontraba en casa de Sobrino Hermanos a alguna
señorarezagada, a alguna proscrita como ella. Nueva edición de la famosafórmula:
«Teníamos tomada casa en San Sebastián; pero...». La otra solíadecir con laudable
franqueza: «Nosotros esperamos a los trenes baratosde Setiembre».
Como en aquellos días los tenderos estaban mano sobre mano,entreteníanse en
mostrar a la señora telas diversas y cositas decapricho. «Esto se llevará mucho en el
otoño... De esto viene ahorasurtido, porque será la moda de la estación». Tales frases
parecíansalir de los pliegues de las piezas al ser desdobladas. El principal,que se
estaba disponiendo para hacer el acostumbrado viaje a París, laincitaba a comprar
algo, y ella caía en la tentación, unas veces porquese le presentaban verdaderas
gangas, otras porque el género le entrabapor el ojo derecho, encendiendo todos los
fuegos de su pasióntrapística, y no podía menos de satisfacer, so pena de padecer
mucho, eldeseo de adquirirlo. ¡Oh! Del martirio de aquel verano se había deresarcir
en el próximo otoño, vistiéndose como Dios mandaba, quisiéraloo no su marido.
Tenía propósito de hacerse un vestido nuevo deterciopelo para el invierno y una
capota de las más airosas, nuevas yelegantes. A sus niños pequeños les vestiría como
principitos. Ya, yavería el bobillo con quién trataba... Pensando en estos y otros
planes,recorría despacio las calles para volver a su casa; deteníase ante losescaparates
de modas y de joyería, y hacía mil cálculos sobre laprobabilidad más o menos remota
de poseer algo de lo mucho valioso yrico que veía. La tristeza de Madrid en tal época
aumentaba su tristeza.El sosiego de algunas calles a las horas de más calor, el
melancólicoalarido de los que pregonan horchatas y limonadas, el paso tardo de
loscaballos jadeantes, las puertas de las tiendas encapuchadas con luengostoldos, más
son para abatir que para regocijar el ánimo de quien tambiénsiente en su epidermis el
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