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La de Bringas

dinero prestado, y de los quese pasan aquí tres meses a cuarto de pitanza por el gusto
de vivir unosdías en fondas y darse importancia poniendo faltas a lo que les dan
decomer en ellas.
Aquella aspereza matrimonial de que se hizo mención más arriba se fuepoco a poco
suavizando. Ni era Bringas intolerante en un gradosuperlativo, y aunque lo fuese,
sabía sacrificar a la paz conyugalalguna parte de sus dogmas económicos. Las
explicaciones que Rosalía diode aquel improvisado lujo no le satisfacían
completamente; pero con unesfuerzo de buena voluntad supo admitir el gran
economista algunas deellas. La fe de su religión matrimonial le mandaba creer
algoinexplicable, y lo creyó. Si Rosalía no hubiera pasado de allí, la paz,después de
aquella alteración pasajera, habría vuelto a reinarsólidamente en la casa; mas la
Pipaón no sabía ya contenerse, y elhábito de eludir secretamente las reglas de la
Orden bringuística estabaya muy arraigado en su alma. Proporcionábale este hábito,
además de lassatisfacciones de la vanidad, un placer recóndito. Quien por tantotiempo
había sido esclava, ¿por qué alguna vez no había de hacer sugusto? Cada una de
aquellas acciones incorrectas y clandestinas leacariciaba el alma antes y después de
consumada. La conciencia sabíasacar, no se sabe de dónde, mil sofisterías con que
justificar todoplenamente. «Bastantes privaciones he tenido... ¿Pues acaso no
merezcoyo otra posición?... Se tendrá que acostumbrar a verme un poco
másemancipada... Y al fin y al cabo, yo miro por el decoro de lafamilia...».
Lo que más conturbaba su espíritu en aquellos primeros días de soledad ycalor era
la necesidad de volver a poner el dinero en la arqueta.Milagros no le había dado todo.
¿De dónde sacar lo que faltaba? Alinstante se acordó de Torres, y desde que tuvo
ocasión de ello, hízoleuna indicación discreta. «Él no tenía; ¡qué lástima! Si algún
amigo suyotuviera... En fin, al día siguiente la contestación». A nuestra amiga nose le
cocía el pan hasta saber la respuesta de Torres, porque a cadamomento creía próxima
la catástrofe, la cual sería grande, fuerte einevitable, desde que Bringas registrase su
tesoro. Por fortuna o porespecial intervención de los santos y santas a quienes la
Pipaóninvocaba, aún no se le había ocurrido al buen hombre levantar la tapadel doble
fondo. ¡Pero cuando lo hiciera...! Y ya no valía el arbitriode los papeles que imitaban
con grosero arte los billetes, porque elratoncito veía, aunque mal, y no era posible que
se fiase sólo del tactopara hacer el arqueo de su caja. Sobre ascuas estuvo la dama
todo el día31 y parte del inmediato, hasta que Torres le dio esperanzas de
remedio.Empezó poniendo dificultades, ponderando lo que había trabajado parahacer
comprender la conveniencia del préstamo a su amigo. El cual era untal Torquemada,
hombre que no daba su dinero sin garantía. En aquellaocasión, no obstante, en
obsequio a Torres, no exigiría la firma delmarido en el contrato, pues la de la señora
bastaba... Nopodía hacer el empréstito más que por un mes, con fechaimprorrogable,
y dando cuatro mil reales se haría el pagaré decuatro mil quinientos. ¡Ah!, de los
cuatro mil se deducirían doscientosreales de corretaje...
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