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La de Bringas

gratis.Yo lo he tenido que hacer, poniendo cartitas al Presidente del Comitéejecutivo,
y al fin a regañadientes me los han dado. Pero no he podidoconseguir que nos den dos
reservados como otros años, sino uno solo.¡Qué injusticia!... Yo le digo a Sudre que
este es el pago que le danpor defender en el Senado a la Compañía como él la
defiende, contraviento y marea. Me pongo nerviosísima los días de viaje. Me parece
quesiempre se queda algo, que no vamos a alcanzar el tren, que me van ahacer pagar
un sentido por exceso de peso... ¡Ya ve usted, catorcebaúles! Es un laberinto de mil
demonios. Leopoldito lleva su perro,María su gatita de Angora y Gustavo una jaula de
pájaros para un amigo.Hay que pensar hasta en lo que han de comer por el camino
esosirracionales... ¡Y todo esto en un solo departamento, que parecerá unarca de Noé!
Felizmente conocemos al conductor, y María y yo, despuésque cenemos en Ávila, nos
pasaremos a una berlina-cama... Llevo aAsunción... no puedo vivir sin mi doncella.
Los bultos de mano, creo queno bajarán de veinticuatro. Yo no duermo nada si no
llevo misalmohadas. A Agustín no hay quien le quite de la cabeza el llevar unajofaina
para lavarse dos o tres veces en el camino. Mi maletita-tocadorno se puede quedar
atrás, porque no me gusta llegar a las estacioneshecha una facha. Leopoldito lleva su
tablero de damas, el bilboquet,la cuestión romana, su pistolita de salón y una cartera
donde apuntatodos los túneles y la hora que es en todas las estaciones. Gustavocarga
con media docena de librotes para ir leyendo por el camino; y elmaula de mi marido,
que sólo piensa en su comodidad, se enfurece si lefaltan las zapatillas, el gran gorro
de seda, el cojín de viento... Atodo tengo que atender, porque no podemos tener un
criado para cada uno.Esos tiempos pasaron, ¡ay!, y se me figura que no han de volver.
XXXVII
Un fuerte abrazo dio la marquesa a D. Francisco, deseándole con toda elalma
completo restablecimiento; besó a los niños, y por último,se despidió de su amiga en
la puerta con toda suerte de mimos ycaricias.
Triste y desconsolada se quedó Rosalía, no sólo por la ausencia de laamiga más
querida, sino por su propio confinamiento, por aquel no salir,que era como un
destierro. ¡Bonito verano la aguardaba, sola, aburrida,achicharrándose, sufriendo al
más impertinente y cócora de los maridos,pasando, en suma, el sonrojo de permanecer
en Madrid cuando veraneabanhasta los porteros y patronas de huéspedes! Tener que
decir: «no hemossalido este verano» era una declaración de pobreza y cursilería que
senegaban a formular los aristocráticos labios de la hija de los Pipaonesy Calderones
de la Barca, de aquella ilustre representante de unadinastía de criados palatinos. ¡Si al
menos fueran unos diítas a laGranja, donde Su Majestad les proporcionaría algún
desván en que metersey donde podrían darse un poco de lustre, aunque sólo llevaran
porequipaje unas alforjas con ración de tocino y bacalao, como los paletoscuando van
a baños...! Pero no, aquel califa doméstico rechazabaindignado toda idea de perder de
vista la Villa y Corte, hablando pestesde los tontos y perdidos que veranean con
 
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