que ser feliz y artista no lo permite Dios,
como, con dichosa y amarga lucidez, ha escrito Manuel
Machado. Ser ungran poeta equivale, pues, a ser un gran
infortunado. Mercurio tiene eloro guardado en la caja de su
trastienda. El amor de las mujereshermosas, la admiración de la
multitud es en España para esos muñecosemocionantes vestidos
de oro que saben sonreír cuando la Muerte les rozalos caireles.
Acaso llegue la gloria para los artistas... pero despuésde
muertos. Es una burla demasiado cruenta del Destino.
¡Copa de verde y ponzoñoso licor, donde la sirena del genio
supo cantarpara Verlaine! ¡Acaso en el fondo del vaso esté el
dulce talismán queencanta la vida! Embriagaos de amor, de
virtud o de vino. Cuidad deestar siempre ebrios, dijo el trágico
Baudelaire al sentir el enormevacío de su existencia, que fué
gloriosa... más tarde, cuando una vidanegra y una muerte de
perro le arrojaron a la eternidad como un guiñapomuy glorioso,
pero muy maltrecho y muy dolorido.
NUESTRO amigo Zarathustra, en una de sus andanzas, se
casó con una joveninglesa, hija de un español que tenía una
librería de viejo en un barrioapartado de Londres. Zarathustra es
literato y, en consecuencia, notiene dinero. Trajo a su mujer a
Madrid, la llevó a comer a los figonesde los poetas bohemios y
durmieron en las clásicas posadas de la CavaBaja. A los pocos
días madama Zarathustra exclamó ingenuamente:
