cerebro una energía de momento conun rédito ruinoso». La
inspiración no está encerrada en una botella.
Yo creo esto firmemente; pero, ¿cómo vamos a negar a
algunos espíritusdesventurados esa puerta de escape de una
realidad abrumadora, estúpiday hostil? Una puerta que, como en
Poe, acaso conduce a un planoespiritual, perfectamente absurdo,
donde viven esos seres misteriososque se ven en las
alucinaciones, y que yo—teosóficamente—sospecho quetienen
una completa, aunque invisible realidad.
POR las frívolas y fugitivas crónicas de actualidad ha pasado
como unaevocación antañona la figura hidalga, pomposa y
antigua del buensoldado, caballero y poeta D. Juan de la
Pezuela, conde de Cheste.
Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don
Álvaro, erahijo de un virrey del Perú, y al resurgir ahora, en
nuestro siglomecánico y vulgar, nos ha parecido una figura
pintoresca y gallarda deun poema donde hubiese sonoros
surtidores y pelucas rizadas.
Perteneció a una generación literaria cuya voz escuchamos ya
desde muylejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor
los preceptosartísticos de D. Alberto Lista, a los cuales ciñóse
estrictamente, talvez sólo por devoción personal al maestro,
