La vida del cantor de Ligeia, esa extraordinaria mujer,
prodigio decarne y maravilla de inteligencia, nos da la impresión
de una negrapesadilla, de una taumatúrgica alucinación de opio,
por donde vaga lasombra sonámbula de ese triste discípulo de
un fatal y desventuradomaestro, cuya voz repite ese único y
desolado estribillo:
YO tengo un aborrecimiento absoluto a los borrachos: me
parecen larvas,ex hombres, gárgolas, algo grotesco, monstruoso
y terrible a la vez. Sinembargo, mis grandes admiraciones
literarias van hacia los poetasborrachos.
Es mi espíritu, lo más hondo, tumultuoso y atormentado de mi
espíritu,lo que comprende la absurdidad de los borrachos,
aunque mi yosuperficial, el hombre social, los deteste. Poe,
Verlaine, Musset,Nerval, Darío son nombres venerandos de mi
iconografía sentimental.Todos ellos fueron tristes y gloriosos
borrachos.
No comprendo bien la causa de que tan altos y armoniosos
espíritus hayancaído en las simas de «ese demonio más terrible
que todas lasenfermedades».
Baudelaire escribió: «Cuidad de estar siempre ebrio de amor,
de virtud ode vino». El reloj del poeta marcaba siempre la hora
de la embriaguez.Sin embargo, Baudelaire no fué un beodo
