heroicamente acomponernos las botas a todos los poetas,
gratuitamente.
Muchas familias de «náufragos provincianos» caían en los
figones,«personas decentes» que rodaban los escalones de la
penúltima miseria.Haremos notar que nunca se debe decir la
última miseria; es unaimprudencia que puede molestar a la
Desgracia, y entonces nos apretarámás el resuello. Siempre hay
mayores extremos de dolor, y callar esbueno. Estos provincianos
adquieren de la corte la misma opinión demadama Zarathustra:
—¡En Madrid se come muy mal!
Se come mal y se duerme mal... y caro. A los vagabundos que
no tienendomicilio fijo y duermen en las posadas les cuesta siete
u ocho duros almes y no tienen casa en realidad, sino una yácija
para tirarse de noche.Notad qué importancia adquieren estos
menesteres de dormir y comer en lacontemporánea literatura de
costumbres. El aprendiz de literato añade lamusa de la
alimentación a las otras nueve hermanas.
Hay algunos habituados a La Precisa y a los dormitorios de la
calle dePeña de Francia o de casa de la Coja. Son los espíritus
paralíticos queno saldrán jamás de ese ambiente que si es
pintoresco, también esamargo. Es igual que la bohemia, que es
un puente que se pasa bien en lajuventud; pero es peligroso
seguir de por vida de bracero con estatriste querida del arroyo,
que al par de nosotros va envejeciendo y enseguida pierde su
salvaje belleza y la alegría de la primera horailusionada.
