ojos el maniquí deeterna sonrisa y mirada vidriosa; el ídolo del
lujo, que erguía cercadel balcón su cabeza hueca, sobre la cual,
con infernal fulgor,centelleaban los brillantes, heridos por la
azulada luz del alba.
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Fue un día de fiesta para la cabeza del distrito la repentina
visita deldiputado, un señorón de Madrid, tan poderoso para
aquellas buenasgentes, que hablaban de él como de la Santísima
Providencia. Hubo granpaella en el huerto del alcalde; un festín
pantagruélico, amenizadopor la banda del pueblo y contemplado
por todas las mujeres ychiquillos, que asomaban curiosos tras
las tapias.
La flor del distrito estaba allí: los curas de cuatro o cinco
pueblos,pues el diputado era defensor del orden y los sanos
principios; losalcaldes y todos los muñidores que en tiempos de
elección trotaban porlos caminos trayéndole a don José las actas
incólumes para que manchasesu blanca virginidad con cifras
monstruosas.
Entre las sotanas nuevas y los trajes de fiesta oliendo a
alcanfor y conlos pliegues del arca, destacábanse majestuosos
los lentes de oro y elnegro chaqué del diputado; pero a pesar de
