Se lanzó a todo correr por aquel camino de fuego, aguantando
el sol conla cabeza baja, jadeante y echándose a pecho la cuesta
que minutos antesno quería subir, aunque se lo mandase el
Nuncio.
Algo terrible preparaba. La voluptuosidad del mal era sin duda
lo que ledaba fuerzas. Tal vez buscaba subir alto, muy alto, para
desde la crestade un desmonte aplastar su carga de gatos.
Pero se dirigió a su casa, y en la puerta le recibió la Loca
concabriolas de gozo, olisqueando el hinchado pañuelo, que se
estremecíacon palpitaciones de vida.
—Toma, perdida—dijo jadeante por el calor y el cansancio de
lacarrera—; aquí tienes tus granujas. Por esta vez pase, te lo
perdono,porque eres un animal y no sabes cómo las gasta Pepe
el carretero. Perootra vez... ¡hum!... a la otra...
Y no pudiendo decir más palabras sin intercalar juramentos, el
ogrovolvió la espalda y fue corriendo en busca de su carro, otra
vez cuestaabajo, echando demonios contra aquel sol enemigo de
los pobres. Peroaunque el calor aumentaba, parecíale al pobre
ogro que algo le habíarefrescado interiormente.
