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Retirado de los negocios después de cuarenta años de
navegación contoda clase de riesgos y aventuras, el capitán
Llovet era el vecino másimportante del Cabañal, una población
de: casas blancas de un solo piso,de calles anchas, rectas y
ardientes de sol, semejante a una pequeñaciudad americana.
La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con curiosidad
al viejolobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de
listada lona quesombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años
pasados a la intemperie,en la cubierta de su buque, sufriendo la
lluvia y los rociones deloleaje, le habían infiltrado la humedad
hasta los mismos huesos, y,esclavo del reuma, permanecía los
más de los días inmóvil en su sillón,prorrumpiendo en quejidos
y juramentos cada vez que se ponía en pie.Alto, musculoso, con
el vientre hinchado y caído sobre las piernas, lacara bronceada
por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitán parecíaun cura
en vacaciones, tranquilo y bonachón en la puerta de su casa.
Susojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre
habituado almando, eran lo único que justificaba la fama del
capitán Llovet, laleyenda sombría que flotaba en torno de su
nombre.
