Se acordaba de la abuela, que a aquellas horas estaría
pensando en él. Yquiso rezar como mil veces había oído a su
pobre vieja. «Padre nuestroque estás...» Rezaba mentalmente,
pero sin darse cuenta de ello, sulengua se movió y dijo con una
voz tan ronca que le pareció de otro:
—¡Cochinos! ¡ladrones! ¡Me abandonan!
Se hundía otra vez: desapareció pugnando en vano por
sostenerse. Alguientiraba de sus zapatos... Buceó en la
oscuridad, sorbiendo agua, inerte,sin fuerzas, pero sin saber
cómo, volvió otra vez a la superficie.
Ahora las estrellas eran negras, más negras que el cielo,
destacándosecomo gotas de tinta.
Se acabó. Esta vez se iba al fondo de veras: su cuerpo era de
plomo. Ybajó en línea recta, arrastrado por sus zapatos nuevos,
y en su caída alabismo de los barcos rotos y los esqueletos
devorados, el cerebro, cadavez más envuelto en densas neblinas,
iba repitiendo:
—Padre nuestro... Padre nuestro... ¡ladrones! ¡granujas! ¡Me
hanabandonado!
