iguales. Lalevantaron, sosteniéndola con sus poderosos brazos, y
emprendieron lamarcha hacia su casa.
Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no
cesaba dellorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el
egoísmo brutal dela vida, regateaba bravamente con los
compradores de pescado que queríanadquirir la hermosa pieza.
Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente,
tomaban reflejos deoro.
A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de
aquellapobre mujer, desgreñada y loca, que las amigas
empujaban a casa.
—¡Antoñico! ¡Hijo mío!
Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los
rostrosfelices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido
pasar ladesgracia junto a él, que no había lanzado una mirada
sobre el drama dela miseria; y el vals elegante, rítmico y
voluptuoso, himno de la alegrelocura, deslizábase armonioso
sobre las aguas, acariciando con su soplola eterna hermosura del
mar.
