No vio nada en el horno: habrían huido, y cuando él iba a
escapartambién, se abrió la puerta de la barraca y salió Pepeta en
enaguas, conun candil. La había despertado el trabucazo y salía
impulsada por elmiedo, temiendo por su marido que estaba fuera
de casa.
La roja luz del candil, con sus azorados movimientos, llegó
hasta laboca del horno.
Allí estaban dos hombres en el suelo, uno sobre otro,
cruzados,confundidos, formando un solo cuerpo, como si un
clavo invisible losuniese por la cintura, soldándolos con sangre.
No había errado el tiro. El golpe de la vieja escopeta había
sido doble.
Y cuando Sènto y Pepeta, con aterrada curiosidad, alumbraron
loscadáveres para verles las caras, retrocedieron con
exclamaciones deasombro.
Eran el tío Batiste, el alcalde, y su alguacil el Sigró.
La huerta quedaba sin autoridad, pero tranquila.
———
A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.
—¡Antonio! ¡Antonio!
