Ya no vi más al pobre parásito. En invierno, muchas veces me
he acordadodel infeliz, y le veía en las afueras de una estación,
tal vez azotadopor la lluvia y la nieve, esperando el tren que
pasa como un torbellino,para asaltarlo con la serenidad del
valiente que asalta una trinchera.
Ahora leo que en la vía férrea, cerca de Albacete, se ha
encontrado elcadáver de un hombre despedazado por el tren...
Es él, el pobreparásito. No necesito más datos para creerlo: me
lo dice el corazón.«Quien ama el peligro en él perece.» Tal vez
le faltó inesperadamente ladestreza. Tal vez algún viajero,
asustado por su repentina aparición,fue menos compasivo que
yo y le arrojó bajo las ruedas. ¡Vaya usted apreguntar a la noche
lo que pasaría!
—Desde que le conocí—terminó diciendo el amigo Pérez—
han pasadocuatro años. En este tiempo he corrido mucho, y
viendo cómo viaja lagente por capricho o por combatir el
aburrimiento, más de una vez hepensado en el pobre gañán, que,
separado de su familia por la miseria,cuando quería besar a sus
hijos tenía que verse perseguido y acosadocomo alimaña feroz y
desafiar la muerte con la serenidad de un héroe.
