—¡Ah, señor mío! No creas que me engañas. Lo que te vuelve
a mí no esel amor tal como yo lo quiero; es eso que llaman mi
belleza y los deseosque en ti despierta. Pero he aprendido
bastante en estos años deconsuelo y soledad. Ya verás, Luis
mío. Seré muy buena; te querrémucho... Me tomas como una
amante; pero con bondad y con cariño, yo hede conseguir que
me adores como a esposa.
———
Casi todos los que ocupaban aquel vagón de tercera conocían a
Marieta,una buena moza vestida de luto, que, con un niño de
pechos en el regazo,estaba junto a una ventanilla, rehuyendo las
miradas y la conversaciónde sus vecinas.
Las viejas labradoras la miraban, unas con curiosidad y otras
con odio,a través de las asas de sus enormes cestas y de los
fardos quedescansaban sobre sus rodillas, con todas las compras
hechas enValencia. Los hombres, mascullando la tagarnina,
lanzábanla ojeadas deardoroso deseo.
En todos los extremos del vagón hablábase de ella relatando su
historia.
Era la primera vez que Marieta se atrevía a salir de casa
después de lamuerte de su marido. Tres meses habían pasado
