sonando sus campanillas ybalanceando sus pesadas ubres; las
comadres, apoyadas en sus escobas,miraban con curiosidad
aquellas ventanillas cerradas, y hasta unmunicipal sonrió
maliciosamente, señalándola a unos vecinos. ¡Tantemprano y ya
andaban por el mundo amores de contrabando!
Cuando entró en el patio del Hospital, el tartanero saltó de su
asiento,y acariciando su caballo esperó inútilmente que bajasen
aquel par deborrachos.
Fue a abrir, y vio que por el estribo de hierro se deslizaban
hilos desangre.
—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó abriendo de un golpe.
Entró la luz en el interior de la tartana. Sangre por todas
partes. Unoen el suelo, con la cabeza junto a la portezuela. El
otro caído en labanqueta, con el cuchillo en la mano y la cara
blanca como de papelmascado.
Acudieron las gentes del Hospital, y manchándose hasta los
codos,vaciaron aquella tartana, que parecía un carro del
Matadero cargado decarne muerta, rota, agujereada por todas
partes.
El milagro de San Antonio
