salía a borbotones desu cabeza destrozada. Los insectos,
brillando al sol como botones deoro, balanceábanse ebrios de
azahar en torno de sus sangrientos labios.
El discípulo se mesó los cabellos. ¡Recristo! ¿Así se mataba a
loshombres que son hombres?
El teniente le puso una mano en el hombro.
—Tú, aprendiz de roder, mira cómo mueren los pillos.
El aprendiz se revolvió con fiereza, pero fue para mirar a lo
lejos,como si a través de los campos pudiera ver el camino de
Valencia, y susojos, llenos de lágrimas, parecían decir: «Pillo,
sí; pero más pillo esel que huye.»
———
Como en Agosto Valencia entera desfallece de calor, los
trabajadores delhorno se asfixiaban junto a aquella boca, que
exhalaba el ardor de unincendio.
Desnudos, sin otra concesión a la decencia que un blanco
mandil,trabajaban cerca de las abiertas rejas, y aun así, su piel
inflamadaparecía liquidarse con la transpiración, y el sudor caía
a gotas sobrela pasta, sin duda para que, cumpliéndose a medias
