Algo que llama la atención cuando se entra en el burdel es su suciedad. El dueño se ha dedicado a la
crianza de perros y como no tiene jardín, éstos defecan en toda la casa y en todas las habitaciones. La
crianza de estos animales empezó desde hace seis años y ahora tiene cinco. Según Lila, los perros le
dan ciertos poderes: “Son perros muy grandes, es un tipo de perro muy inteligente, estos perros son
místicos y todo es muy extraño. Existe una persona muerta, asesinada en 1971, quien tuvo visiones y
me dijo que veía seis perros en esta casa y me advirtió sobre peligros y cosas que me podían ocurrir
aquí”.
A pesar de la magia canina, el mal olor y las heces llaman la atención de cualquiera. Lila admite que la
casa no tiene ventanas y que no hay por dónde salga el olor. Muchas veces se ingresa en la casa y lo
primero que se mira es el excremento en el piso. Los perros se la pasan encerrados en una habitación
contigua al cuarto de masajes.
Los trabajadores de la casa están conscientes de que el lugar es poco atractivo y que por ello pierden
clientes. No obstante, ellos pasan encima de las heces como si no existieran. Se podría aducir que ellos
son sucios, pero no lo son. Al contrario, son muchachos bien vestidos y atractivos. Su indiferencia ante
las heces que rodean el lugar es un síntoma de algo más que el descuido: la total compartimentalización
en sus cabezas.
Cuando se leen las entrevistas y se compara lo que los entrevistados dicen con lo que hacen, es fácil
concluir que están mintiendo. Existe evidencia de que la práctica es muy distinta del discurso del
“cacherismo”. Se hace evidente que el condón no se utiliza mucho en el burdel. No se miran muestras
de condones usados en los cuartos, ni en los basureros. Algunos entrevistados afirman que ellos sí los
usan pero que los demás no. Otros admiten que no les gusta usarlos y que tampoco a los clientes.
Lo mismo sucede con las prácticas sexuales. Hemos analizado que en la realidad, los muchachos
practican tanto la penetración activa como la pasiva. Muy pocos reconocen que la disfrutan, pero los
más cons cientes aducen que son pocos los que “no se dejan poseer”. De ahí que la afirmación de que
los “cacheros” son “activos” no es cierta. La necesidad de dinero, droga o el mismo enamoramiento los
lleva a todo tipo de prácticas y riesgo de contagio.
Los trabajadores del sexo tienen un serio problema de adicción al crack. No es veraz, como dicen
algunos, que ellos tengan control de la droga y que no lleguen a robar o estafar por ella. Cuando se
compara la información de Lila con la que ellos dan, se nota que muchos ya han tenido problemas con
la ley y han estado en la cárcel.
Estas y muchas otras narrativas podrían considerarse mentiras. José nos dice que él solo se ha acostado
con tres hombres en toda su vida. El dueño de la casa afirma que ésto es solo lo que hace en un día.
Mono nos dice un día que tiene 23 años de edad y en otro, 25 o 27 años . Noé dice que nunca lo han
penetrado pero otros clientes dicen que “está más abierto que el cráter del Irazú”. Hugo dice que jamás
se ha metido con un compañero de trabajo, mientras que Ernesto nos cuenta que los clientes les piden
obras de teatro en que éste tiene que hacerle el sexo oral.
Pero en vez de analizar estas narraciones como “mentiras”, sería mejor hacerlo como
“compartamentalizaciones”, o sea gavetas mentales distintas que se crean cuando no existe la