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clientes con un trapo. Tampoco les molesta darles el semen en la boca a sus clientes. Con la saliva que
reciben sus penes del sexo oral pasivo, los trabajadores del sexo no tienen ningún reparo.
Los entrevistados relatan usar el condón con sus clientes. La mayoría opina que con ellos jamás haría
sexo de penetración sin condón. Sin embargo, no es así con sus mujeres o con sus esposas. Una de las
grandes diferencias entre el sexo que tienen con sus amantes, novias o esposas es que con ellas no usan
el condón. “Con mi esposa jamás uso el condón. Ella no sabe lo que yo ha go en la calle y se
empezaría a preocupar”, nos dice Marco. Lo mismo pasa con Mono: “Mi amante es muy ardiente y yo
también. A veces vengo de estar con tres majes y ella quiere sexo. A ella no le gusta que se la meta
con el condón. Dice que le gusta así sin nada”.
Pero existen otras diferencias en el sexo con las mujeres. Con ellas, nos dice Miguel, “uno es más
cariñoso y delicado”. Noé siente que las mujeres solo quieren “que uno se las coja por la vagina y no
les gusta practicar nada distinto”. A Vernol le pasó algo similar. Solo una vez “pude hacerlo con mi
novia por detrás. Ella me dijo que quería saber cómo hacían el sexo los homosexuales. Pero nunca me
lo volvió a dar... me dijo que no era natural”. Arnoldo le ha pedido a su novia que lo deje hacerlo “pero
ella dice que eso no es normal”.
Tampoco la práctica del sexo oral es muy común con las mujeres. Son pocos los que narran que sus
parejas los felan. “Las mujeres no saben hacer el sexo oral”, nos dice Miguel. Rodrigo concuerda en
que ellas no “tienen experiencia”. Sin embargo, los muchachos no tienen reparo en darles sexo oral a
las mujeres. Luis cuenta que le encanta “lamer el panocho” y “chuparlo todito”. El no haría jamás ésto
con un cliente. Esto mismo sucede con Vernol quien “uso mi lengua mucho antes de penetrar a mi
novia. Cuando ella grita que quiere... ahí le va”. Sin embargo, una vez que eyaculan, los muchachos no
vuelven a lamer los órganos genitales femeninos. “Es que se llena de líquidos y huele raro”, afirma
Gerardo.
No solo en las prácticas los varones diferencian sus relaciones con los clientes. Parte de lo que ellos
consideran distinto es el lenguaje. Los prostitutos suelen hacer el sexo comercial de manera silenciosa.
“No me gusta hablar porque me desconcentro”, nos dice Augusto. César cree que si el cliente le
empieza a pedir que le diga cosas bonitas, me “destiemplo todo”. Vernol no quiere “oír nada del
cliente. Mucho menos si es afeminado ya que siento que estoy con una mujer”. Tomás encuentra que a
él le encanta decirles “cochinadas” a las mujeres pero no “a mis clientes”. Rodrigo confiesa que
prefiere “ni hablar una palabra después de ponerse de acuerdo con el precio”. Para ellos, el lenguaje es
una manera de homosexualizarse, de comprometerse más allá de un negocio sexual. El lenguaje se torna
en un obstáculo para imaginar que se está con una mujer o en una comunicación emocional intolerable
para un “cachero”.
DOBLE MORALIDAD
Los “cacheros” no solo deben practicar cosas distintas con sus clientes, sino también con sus mujeres.
A pesar de no ser monogámicos, no permiten algo similar de sus mujeres. Para ellos, sus esposas y
amantes deben serles fieles y si no, pagar las consencuencias. La mayoría de ellos cree que sus mujeres
no saben de su oficio. Sin embargo, aunque lo supieran, ellas no tendrían el derecho a hacer lo mismo.
Un “cachero” es, ante todo, un macho que domina al hombre y a la mujer:
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