actividad entienden no prostituirse más ni tener sexo con hombres. Ernesto opina que “Dios perdona los
errores que uno comete cuando se deja de cometerlos”. El cree que si se muriera en este momento, se
iría “directo” al infierno, pero si dejara esta profesión, “Dios entendería que lo tuve que hacer y me
perdonaría de mis pecados”. Otro requisito es arrepentirse de haberlo hecho. Cuando le preguntamos
cómo es que uno se arrepiente de algo, su respuesta fue que “sintiéndose mal por lo que uno hace”.
“¿Pero cómo es que uno sabe que se siente mal por algo?, insistimos. “Pues sabiendo que uno no hace
las cosas queriéndolo hacer”, respondió él. Hacer las cosas a disgusto es, entonces, una prueba de
arrepentimiento. Esto significa, probablemente, que la manifestación de la heterosexualidad de los
“cacheros” es el síntoma que evidencia el arrepentimiento. “Los playos, por el contrario, no se pueden
arrepentir porque les gusta la sodomía”, concluye Erick.
Cuando se ingresa en el burdel, los muchachos se sientan a charlar y saludan casualmente a los clientes.
Es una conducta entendida no mostrar preferencia ante ninguno (con pocas excepciones que
analizaremos más adelante). Cuando le preguntamos a Tío si él sentía atracción por algún cliente en
especial su respuesta fue un tajante “no”. Erick nos dice que es el cliente quien escoge, “yo no escojo”.
Lo mismo asiente Rodrigo quien considera que existen clientes que le prometen cosas y no las cumplen
y eso le molesta. Pero en cuanto a tener sexo “con viejos, gordos, calvos o feos, me da lo mismo”. A
Noé le gusta penetrar analmente a los clientes: “se la meto a cualquiera que me lo ponga”. Tomás no
tiene ningún problema cuando le hacen sexo oral: “Mientras no me muerdan cualquier sexo oral es
bueno”. Arnoldo nos dice que él no rechaza a ningún cliente: “plata es plata”.
Cuando se insiste en la pregunta y se les pide escoger entre un hombre guapo y uno feo, éstas son las
respuestas:
Entrevistador 2:
Digamos si vienen dos clientes: uno es un muchacho de 25
o 30 años, muy guapo, de buen cuerpo y después viene
otro señor de 60 años, gordo, feo, calvo, peludo, y tú
tuvieras que escoger entre uno de los dos, ¿cuál
escogerías?
No, yo no me pongo a distinguir razas, ni físicos, ni nada,
yo tengo que hacer mi trabajo porque para eso estoy aquí
y para hacerme conocer entre los clientes porque así surge
la popularidad porque soy de pene largo y grande y
también soy buen masajista. Si yo tengo que penetrar un
cliente lo hago pero no dejo que me toque, aunque sea Bill
Clinton. Ellos son los que eligen y no yo, así que no me
importa cómo sean, mientras estén limpios. Un cliente
joven puede tener mejores nalgas pero no es algo que me
preocupe. Los viejos son menos ardientes y más cariñosos,
así que cada uno tiene ciertas ventajas
.
Carlos considera que los “cacheros” más bien discriminan a los clientes más jóvenes y que ésto nada