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Gatsby
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máquinas de oxigenación. Un día vimos a Lila pasando un pez de una pecera a otra: “Venga mi amor,
¡quedito! Venga con mamá, ¡no brinque hijueputa!, aquí mando yo”, le dice él a una de las grandes
carpas doradas. El pez pereció a los pocos días. Flotó muerto por horas sin que nadie se molestara en
sacarlo. “Este pez que está aquí, dice Lila, me costó como siete mil colones. Me gasté una fortuna en
ellos. Son más agradecidos que los cabros que viven aquí… que no agradecen ni mierda, les doy
comida japonesa que me cuesta 1.500 colones diarios”.
En una esquina de la sala existe una angosta puerta, asegurada por una cadena delgada. Es el último
cuarto o “pista” de la casa. Originalmente era una cocina, pero desde hace años es una habitación para
alquilar o para dar cobijo a jóvenes itinerantes, muchos de los cuales trabajan en la casa haciendo
“extras”. Mide tres metros de largo por dos metros y medio de ancho. Tiene una cama sencilla. Una
antigua pila de lavado ha sido convertida en mesa y en armario. El ocupante actual, César, cuelga su
ropa en una varilla de metal. Ha decorado su cuarto con fotos, “posters” de muchachas en traje de
baño. Sobre la puerta descolorida y gris, hay una famosa foto de Marylin Monroe. Salomón nos dice:
“Si este cuarto hablara…”. Quique agrega: “Un día un cliente muy borracho y drogado trató de
ahorcarme aquí; Lila me salvó al oir mis gritos”. Según Raúl, un cliente, en este cuarto “un día dos
chiquillos me sacaron un revólver y me amenazaron de muerte, yo los convencí a pura labia
(conversación) y terminaron vendiéndome el arma. Me los comí a los dos”. El dueño de la casa tiene su
cuento de esta habitación: “Un día durante una bronca y asalto que me quisieron hacer, me encerraron
aquí y al tratar de salirme por el cielorraso, me quebré esta mano, casi me mato, pero caí como una
mariposa”. Lola, una amiga de la casa, nos cuenta que en esta habitación “aruñé en la cara a ese hijo de
puta que vivía aquí, se la dejé marcada, de mí nadie se burla”. Aguilucho, uno de los trabajadores del
sexo que más ha vivido en la casa comenta, mientras prende un cigarro de marihuana: “El único cuarto
de esta casa que se mantuvo limpio y ordenado fue éste”. Durante los últimos meses, la habitación se
alternó como oficina para hacer entrevistas y como dormitorio para César, un trabajador del sexo de
veintiún años de edad. El recientemente se pasó a vivir por problemas con su familia. Su novia lo visita
a menudo y se encierran en el cuarto. César cobra un mínimo de 3.000 colones por el sexo sin
penetración: “Ningún hijueputa me toca el culo. Si el pagador (cliente) quiere que lo raje, tiene que
echar un tucán al aire (pagar 5.000 colones)”. Su novia, afirma él, no sabe “que ésto es un putero ni
que yo trabajo aquí”.
LOS CLIENTES
Entran sigilosamente en la casa y salen aún más rápidamente. Escogen al muchacho que les gusta y se
meten en el cuarto. Pareciera que ni existieran porque apenas se les ve. “No es que asusten en donde
Lila, es que pululan por doquier los fantasmas”, nos dice Mike. Si uno pone atención, apenas puede oír
unos susurros, unas exclamaciones de placer casi censuradas, un pequeño quejido de dolor. “¡Ya se
aplancharon (penetraron, en el argot) a la venezolana!”, dice con voz suave. “Cuando se tiene
experiencia como madame, continúa Lila, una aprende a saber qué pasa detrás de las cuatro paredes”.
Ponemos un poco más de atención y pareciera que el dueño tiene razón: el venezolano hace gemidos
de placer. “Sin embargo, nos dice la madame, un día me equivoqué y estaban estrangulando a una loca
y yo creía que ella estaba alcanzando el orgasmo. Uno no sabe, a veces, determinar la diferencia entre
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