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La Vistosa

cautela había un fondo de maldisimulado desprecio, procuró
desvanecer la prevención de que yo pudieraestar animado contra
ella.
Una noche, en que creí encontrarles a ambos la hallé sola:
hasta despuésde estar sentado en su gabinete no me dijo que
Perico había salido, ycuando quise marcharme añadió entre seria
y burlona:
—¡Quiá, amiguito! tenemos que hablar. Aunque ese es un
turco y Vd.todo un caballero, lo cual explica que Vd. me hable
siempre conindiferencia o sequedad, como me consta que no es
Vd. hipócrita niintolerante, sino que tiene Vd. manga ancha y
caridad para ciertospecados, no me cabe la menor duda de que
cuando Vd. me trata con el...con el desvío, con la antipatía, que
me demuestra, es porque tiene de mímuy mala idea.
Quise interrumpirle y no me dejó, siguiendo de este modo:
—Sí; le habrán hablado a usted mucho de mí; me lo figuro.
Haymaldicientes de las mujeres honradas, que las calumnian por
despecho dedeseos frustrados, hasta por vanagloria, ¿y no los
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