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La Tierra de Todos

Mientras iba leyendo, vió con su imaginación el antiguo palacio de losTorrebianca, allá en Toscana, un
edificio enorme y ruinoso circundadode jardines. Los salones, con pavimento de mármol multicolor y
techosmitológicos pintados al fresco, tenían las paredes desnudas,marcándose en su polvorienta palidez la
huella de los cuadros célebresque las adornaban en otra época, hasta que fueron vendidos á losanticuarios
de Florencia.
El padre de Torrebianca, no encontrando ya lienzos ni estatuas comosus antecesores, tuvo que hacer
moneda con el archivo de la casa,ofreciendo autógrafos de Maquiavelo, de Miguel Angel y otrosflorentinos
que se habían carteado con los grandes personajes de sufamilia.
Fuera del palacio, unos jardines de tres siglos se extendían al pie deamplias escalinatas de mármol con las
balaustradas rotas bajo lapesadez de tortuosos rosales. Los peldaños, de color de hueso, estabandesunidos
por la expansión de las plantas parásitas. En las avenidas,el boj secular, recortado en forma de anchas
murallas y profundosarcos de triunfo, era semejante á las ruinas de una metrópoliennegrecida por el
incendio. Como estos jardines llevaban muchos añossin cultivo, iban tomando un aspecto de selva florida.
Resonaban bajoel paso de los raros visitantes con ecos melancólicos que hacían volará los pájaros lo mismo
que flechas, esparciendo enjambres de insectosbajo el ramaje y carreras de reptiles entre los troncos.
La madre del marqués, vestida como una campesina, y sin otroacompañamiento que el de una muchacha
del país, pasaba su existenciaen estos salones y jardines, recordando al hijo ausente ydiscurriendo nuevos
medios de proporcionarle dinero.
Sus únicos visitantes eran los anticuarios, á los que iba vendiendolos últimos restos de un esplendor
saqueado por sus antecesores.Siempre necesitaba enviar algunos miles de liras al últimoTorrebianca, que,
según ella creía, estaba desempeñando un papelsocial digno de su apellido en Londres, en París, en todas
las grandesciudades de la tierra. Y convencida de que la fortuna que favoreció álos primeros Torrebianca
acabaría por acordarse de su hijo, sealimentaba parcamente, comiendo en una mesita de pino blanco, sobre
elpavimento de mármol de aquellos salones donde nada quedaba quearrebatar.
Conmovido por la lectura de la carta, el marqués murmuró varias vecesla misma palabra: Mamá
mamá.»
«Después de mi último envío de dinero, ya no sé qué hacer. ¡Si vieses,Federico, qué aspecto tiene ahora la
casa en que naciste! No quierendarme por ella ni la vigésima parte de su valor; pero mientras sepresenta un
extranjero que desee realmente adquirirla, estoy dispuestaá vender los pavimentos y los techos, que es lo
único que vale algo,para que no sufras apuros y nadie ponga en duda el honor de tu nombre.Vivo con muy
poco y estoy dispuesta á imponerme todavía mayoresprivaciones; pero ¿no podréis tú y Elena limitar
vuestros gastos, sinperder el rango que ella merece por ser esposa tuya? Tu mujer, que estan rica, ¿no puede
ayudarte en el sostenimiento de tu casa?
El marqués cesó de leer. Le hacía daño, como un remordimiento, lasimplicidad con que la pobre señora
formulaba sus quejas y el engañoen que vivía. ¡Creer rica á Elena! ¡Imaginarse que él podía imponer ásu
esposa una vida ordenada y económica, como lo había intentadorepetidas veces al principio de su
existencia matrimonial!
La entrada de Elena en la biblioteca cortó sus reflexiones. Eran másde las once, y ella iba á dar su paseo
diario por la avenida delBosque de Bolonia para saludar á las personas conocidas y versesaludada por ellas.
Se presentó vestida con una elegancia indiscreta y demasiadoostentosa, que parecía armonizarse con su
género de hermosura. Eraalta y se mantenía esbelta gracias á una continua batalla con elengrasamiento de
la madurez y á los frecuentes ayunos. Se hallabaentre los treinta y los cuarenta años; pero los medios de
conservaciónque proporciona la vida moderna le daban esa tercera juventud queprolonga el esplendor de
las mujeres en las grandes ciudades.
Torrebianca sólo la encontraba defectos cuando vivía lejos de ella. Alvolverla á ver, un sentimiento de
admiración le dominabainmediatamente, haciéndole aceptar todo lo que ella exigiese.
Saludó Elena con una sonrisa, y él sonrió igualmente. Luego puso ellalos brazos en sus hombros y le besó,
hablándole con un ceceo de niña,que era para su marido el anuncio de alguna nueva petición. Pero
estefraseo pueril no había perdido el poder de conmoverle profundamente,anulando su voluntad.
—Buenos días, mi coc! Me he levantado más tarde que otrasmaanas; debo hacer algunas visitas antes
de ir al Bosque. Pero no hequerido marcharme sin saludar á mi maridito adorado Otro beso, y mevoy.
Se dejó acariciar el marqués, sonriendo humildemente, con unaexpresión de gratitud que recordaba la de un
perro fiel y bueno. Elenaacabó por separarse de su marido; pero antes de salir de la bibliotecahizo un gesto
como si recordase algo de poca importancia, y detuvo supaso para hablar.
—Tienes dinero?
Cesó de sonreir Torrebianca y pareció preguntarle con sus ojos: «¿Quécantidad deseas?»
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