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La Regenta

«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tandiferente! ¡Cuán otra vida
iba a ser de la que había sido! se preparabaa sí misma una vida de sacrificios, pero sin
intermitencias de malospensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas
obras,de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor enDios y por Dios».
Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquellaprisión de sus dolores, el alma volaba
siguiendo desde lejos al espíritusutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada
deCristo.
Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entresobresaltos nerviosos, punzadas
de la carne enferma, miserias del barrohumano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces
leyendo semareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar lacabeza sobre las
almohadas y dejarse desvanecer. Pero recobraba elsentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la
lectura, a devoraraquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído,creyéndose,
vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allíestaba, con hastío, pensando que las
visiones de una mística del siglodieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste.
La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba conla razón y con el
sentimiento en los más recónditos pliegues del almamística que hablaba en aquel papel áspero,
de un blanco sucio, de letraborrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no
estuvieseconvertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzasde la santa de
Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste ytierno fray Luis de León: la mano de Santa
Teresa, al escribir, eraguiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien
lasaborea».
«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en latierra. Amar a Dios, a Dios
por conducto de la santa, de la adoradaheroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias
sobre lacarne».
Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempode Santa Teresa; o si
no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora!Ana la hubiera buscado en el último rincón del
mundo; antes la hubieraescrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese.No
estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiososen oraciones mentales, según
los prudentes consejos del Magistral; sueducación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas
formas a la piedadsincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligerezadespués de
tantos años.
Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida deSanta Teresa y la suya,
aplicar a las circunstancias en que ella se veíalos pensamientos que la mística dedicaba a las
vicisitudes de suhistoria.
El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ellacuenta de tamaño
atrevimiento.
La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el Tercer Abecedariopor Fr. Francisco de
Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscaraquel libro. No pareció el Tercer Abecedario,
el Magistral no lo teníatampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinteaños
lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y noparecía. Ana recordaba entonces
a su Magistral y lloraba enternecida.«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él
había sembradoaquella piedad en su alma?».
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