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La Regenta

—No... si está ocupada... no la moleste usted....
—No faltaba más. Ocupada... ella siempre está ocupada... ydesocupada... qué sé yo. Cosas de
ella.
Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo,pero tenía
manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros.Nunca había leído él aquello. Lo
miraba como una caja explosiva. Lo dejósobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones.
Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. Seguía pálida, perohabía vuelto a
engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se leapretó la garganta, con lo que se asustó no
poco.
Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de undeseo intenso, doloroso.
La miraba como el descubridor de una isla o uncontinente, a quien la tempestad arrastrara lejos
de la orilla, tal vezpara siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamásaquella
mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otrasvoces le decían: «Renuncia para
siempre a la Regenta». Ya se vería. Peroera doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo,
todaesperanza, todo proyecto de conquista.
Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirleque se marchaba sin
saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia comodistraída; ni un solo músculo de su rostro se
movió.
—Nosotros—dijo—nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedobañarme y el médico
me ha dicho que el aire del mar más podría hacermedaño que provecho por ahora.
—Vetusta se pone muy triste por el verano....
—No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos.
Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantólos suyos, grandes,
suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, ala tentación de años y años. Sintió él que perdía
el aplomo, creyó queiba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso enpie
delante de ella.
—¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasaaquí?» se preguntó don
Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la manoenguantada y dijo temblando:
—Anita... si usted quiere... algo para las provincias....
—Que usted se divierta mucho, Álvaro...—contestó ella sin asomo deironía. Pero a él se le
figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, desu miedo estúpido... y sintió vehementes deseos
de ahogarla. La mano dela Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca.
Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con lapuerta. En el pasillo
se despidió de su amigo Quintanar.
La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente yamarillo puso los labios,
mientras los ojos rebosando lágrimas, buscabanel cielo azul entre las nubes pardas.
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