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La Regenta

apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudierapenetrar en mi alma, Anita! yo
sí que jamás podré pagarle esta hermosaresolución de esta tarde....
—¡Habló usted de un modo!
—Hablé con el alma...—Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo....
—Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía?
—Sí, sí, padre mío, vida nueva....
Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió unamano de la Regenta
que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y laoprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana
sintió fuego en el rostro,pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado,
yentonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano dela Regenta....
—Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la ovejaofrece solemnemente al
pastor no separarse jamás del redil que escoge....
El Gran Constantino besó la frente de Ana.
Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sellode una cofradía mojado
en hielo.
—XIX—
Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía lasenfermedades de sus clientes
a la Primavera médica, de la que no teníamuy claro concepto; pero como su misión principal era
consolar a losafligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, elmédico buen mozo
no pensaba en buscar otra. La Primavera médica fue laque postró en cama, según don
Robustiano, a la Regenta, que se acostóuna noche de fines de Marzo con los dientes apretados
sin querer, y lacabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente,saliendo de sueños
poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre.
Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hastalas diez de la noche.
Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instalóa la cabecera de la cama, como un perro fiel.
La cocinera, Servanda, ibay venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia;era
nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita nohabía tenido uno de
aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objetodon Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre
todo al obscurecer, lloróocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba
supresencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo queempezaba aquel día». En
vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilánacudieron presurosos al tener noticia del mal; a
todos los recibióafablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban paralas diez
de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, elpadre, la madre, todo». La
Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amigaenferma; le tocó la frente y dijo que no era nada,
que tenía razónSomoza, la primavera médica... y habló de zarzaparrilla y se despidiópronto.
 
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